ÉRASE UNA VEZ: Teoría del cuento II – La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges, por Melquíades Walker


Salvador Dalí deformaba la realidad a su antojo, creando un mundo propio lleno de fantasías.

     Para escribir un cuento lo primero es saber utilizar la más maravillosa herramienta que la naturaleza nos ha entregado, la imaginación. Cualquier persona la posee, pero no todo el mundo sabe usarla. Hay quienes la acunan en un duermevela eterno desde que nacieron y la pobre se va quedando sin masa muscular, otros la esgrimen como arma arrojadiza a la mínima ocasión resultando algo afectado y sin sentido. Sin embargo, cuando alguien logra manejarla con agilidad y destreza, aparecen creaciones de elegancia tal que pueden ostentar el título de obra de arte… 
     Lo primero que se debe aprender para ejercitar la imaginación es a sumergirse en el mundo que nos rodea, no ver las cosas simplemente como son, sino entrar dentro de ellas, ser ellas mismas, pensar como ellas y sentir lo que ellas sienten… Claro está, no solo me refiero a las cosas inanimadas, sino también a los seres vivos incluidos los humanos. Porque para desarrollar la imaginación, primero hay que darle libertad, dejar que se escape de nuestra cómoda habitación y corra por las calles olisqueándolo todo, persiguiendo cualquier sombra y atesorando información, como haría cualquier perrito que descubre por primera vez el mundo.
     Por ejemplo: voy en un autobús y en el asiento del otro lado del pasillo se sienta un hombre joven quien coloca en el contiguo una cunita de viaje con un bebé. Todas las miradas de los viajeros se concentran por unos instantes en la pareja y algunas sonrisas cariñosas asoman en los labios de varias señoras. Correcto, ya tenemos el sujeto de nuestra acción, pues sumerjámonos en él, seamos él por un instante y comencemos a discernir cómo se sentirá siendo el centro de atención, cuidando del niño, viajando solo, etc… Y, ¿por qué no?, también podríamos ser el bebé y crear un mundo de visiones recientes y novedosas donde todo son sorpresas y donde todo está por aprender…
     El segundo paso será el de comenzar a fabricar conjeturas sobre nuestro personaje: puede que el hombre vaya a mostrar el niño a sus abuelos mientras su mujer trabaja… puede que sea viudo y no tenga con quien dejarlo mientras viaja… quizá lo haya raptado y piense pedir un rescate… o sea un policía encargado de devolver el niño a sus legítimos padres… incluso puede ser un terrorista y la cunita del niño esconde un potente explosivo que nos mandará a todos al otro barrio en un abrir y cerrar de ojos… Y muchas más conjeturas pueden aparecer creando, de este modo, argumentos diferentes para historias de todos los géneros.
     Incluso podemos complicar un poquito más la historia y, en vez de haber una única perspectiva, la nuestra, se aportará la visión de otro personaje del autobús, por ejemplo mi acompañante, a quien le comento mis sospechas y él, o ella, las verá de forma diferente, y así, lo que a mí me parece un bebé encantador arropado por calidas y cómodas ropitas, el otro verá unos pañales rellenos de droga o diamantes sospechando que el hombre es un vulgar ladrón o traficante…
     Lo que está claro es que lo normal y cotidiano no es muy interesante como argumento para un cuento, por ello podemos redescubrir las cosas y las situaciones deformándolas de manera que resulten algo fantástico e inesperado. ¿Quién nos puede asegurar que el niño no sea algún líder extraterrestre disimulado de forma tan inocente y acompañado de su robot asesino disfrazado de hombre?... A eso se le llama desenfocar, percibir la realidad desde otra perspectiva inusitada para llega a conclusiones, tal vez disparatadas, pero seguramente más divertidas.

Galatea de las esferas, de Salvador Dalí

     Pero no nos engañemos, un cuento no tiene por qué tratar únicamente de mundos imposibles o fantásticos, también puede hablar de lo real y cotidiano, pero, eso sí, siempre visualizado desde el objetivo del autor quien será el intérprete subjetivo y lo recreará a su manera. La objetividad solo existe en la naturaleza. 
     Pero mucho mejor que mis palabras, serán las del escritor vasco Bernardo Atxaga las que ilustrarán a la perfección lo dicho con anterioridad:

 
MÉTODO PARA ESCRIBIR UN CUENTO A VUELAPLUMA (fragmento). De Bernardo Atxaga.

     “Una vez relajados, con los folios numerados y la pluma estilográfica en la mano, observamos con atención.
     ¿Qué se ve desde la ventana? (…) ¿Algún parque? ¿Se ve algún parque? ¿Se ve quizá una ría que, viniendo del mar, acaba adentrándose en la parte baja de una ciudad?
     Imaginemos que eso es lo que vemos (…) De todas formas vamos a mantenernos en posición contemplativa durante un buen rato (…) En ese momento hay que aprovechar la concentración, identificarse con la pluma y ponerse a volar con ella (…)
     Hay cosas que se mueven o parecen moverse. Y el que más se mueve de todos es un anciano que brinca una y otra vez y parece bailar una jota. Reflexionemos un poco, concentrémonos un poco más: ¿qué hace en realidad el anciano? ¿Intenta entretener al nieto que, posiblemente, se ha puesto a llorar en su cochecito?
     De acuerdo, no es fácil (…) Dos o tres fracasos no nos deben preocupar, la gloria de la literatura a vuelapluma corresponde a los fuertes, a los incansables, a los voluntariosos (…) Hay gente que lo ha conseguido en el decimoséptimo intento.”

    
       En conclusión, la mejor virtud que tiene un escritor es la imaginación, sin ella puede atesorar una gran técnica, unos vastos conocimientos, pero todo lo que escriba estará hueco, sin vida, serán meros formalismos similares a una carta de negocios o a una instancia oficial. Sin embargo la imaginación requiere de un aprendizaje previo, de un entrenamiento y de una disciplina para sacarle el mayor provecho. La realidad que nos rodea es una filón inagotable de historias si sabemos sumergirnos en su interior y deformar todo aquello que vemos tal y como nos dicte en cada momento nuestra fantasía. Y como muestra, un botón… Aquí os dejo, a propósito del tema laberíntico del mes, un cuento del genial Jorge Luis Borges, titulado “La casa de Asterión” (Asterión era el nombre del Minotauro). Que lo disfrutéis.
El Aleph


La casa de Asterión
Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
FIN

1 El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.

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