Érase una vez - El retrato - Melquíades Walker - Febrero 2012



Érase una vez
El retrato
Melquíades Walker - Febrero 2012
Cada uno ve el mundo a su manera, eso es evidente, por lo tanto cualquier retrato siempre será bastante subjetivo puesto que nos inclinaremos a destacar más aquellos detalles y aspectos que nos hayan llamado la atención, tanto por agrado o por lo contrario. Pero un escritor que se precie no puede caer siempre en la subjetividad, debe intentar neutralizar sus sentimientos y ponerse en la piel de sus personajes, porque, a fin de cuentas, los que hablan son ellos y no el autor, de lo contrario todos serían como seres clónicos cortados por el mismo patrón.

Lo esencial es observar con detenimiento y tomar nota de los detalles más característicos de la persona elegida para retratar y luego pensar cómo lo vería el personaje en cuya visión queremos desarrollarlo. El retrato literario se basa en la misma técnica que en fotografía, el disparo del objetivo que captura un momento, y al igual que con la cámara, elegir el enfoque, o los enfoques, porque si hablamos desde nuestro punto de vista, habrá uno, en cambio estos cambiarán a medida que juguemos con nuestros personajes. Aquí pueden venir muy bien las palabras de Christopher Isherwood:

“Yo soy como una cámara con el obturador abierto, pasiva, minuciosa, incapaz de pensar. Capto la imagen del hombre que se afeita en la ventana de enfrente y la de la mujer en quimono, lavándose la cabeza. Habrá que revelarlas algún día, fijarlas cuidadosamente en el papel.”

 Debemos aprender a adiestrar a nuestros ojos para que sepan recortar lo imprescindible de una realidad mucho más amplia, de lo contrario, si enfocásemos a lo general, sería más propio de un artículo periodístico que de uno literario. Por ejemplo:

Su eterna toquilla de lana negra, desgastada y con algunos lamparones ya viejos, cubría unos hombros enjutos y temblorosos que escondían un delgado cuello apergaminado como de garza donde todavía colgaba aquella medalla  de oro que le regalase, hace mil años, el hombre por quien sus glaucos ojos ahora se humedecen.

Si observamos detenidamente veremos, así, a primera vista, que se está hablando de una mujer, aunque no lo diga en ningún momento, que es anciana, que no se ve bien y que está llorando. Esta sería una descripción necesaria, porque nos dice de la persona retratada mucho más de lo se vería a simple vista, sin embargo pueden existir descripciones totalmente prescindibles:

Es rubia, con el pelo largo. Bajita, no creo que llegue al metro sesenta, y sus ojos son de un color castaño.

No va más allá de lo que podríamos percibir al verla porque los datos que aporta son demasiado generales y no nos ayudan a profundizar en el personaje.

Así pues, nos podemos hacer una idea de lo importante que es el enfoque, los detalles, la cosa más pequeña e insignificante… y esto nos lleva a otro aspecto no menos desdeñable, el encuadre. Lo podríamos definir como un marco donde cabe el objeto y la escena, pero tomado desde una determinada perspectiva que atraerá la atención de los lectores. Para encuadrar hay que seleccionar determinados rasgos que dependen del enfoque, éste, por lo tanto, tiene que ser selectivo tendiendo a realzar las zonas concretas que nos interesen. De esta forma, los podemos dividir en dos tipos: el plano general, una muchacha sentada sola en el medio de un bar vacío, por ejemplo; y el primer plano, el rostro de la muchacha.

En cada uno de ellos hay tres variantes de retratos: el formal, donde todo está organizado y dispuesto para la foto; el informal, en el que se improvisa con lo que se tiene, y el espontáneo, el que se hace a vuelapluma. Y en cada uno de estos podemos encontrar otras tres maneras de realizar la descripción: externa, interna y mixta.

Veamos un ejemplo de descripción externa con un fragmento de Vicente Aleixandre:

“En el rostro de Miguel brillaban claros los ojos y claros, clarísimos, los dientes. Rompían entre el ocre de su tez, barro cocido, amasado y abrasado y capaz de contener, y rebosar, el agua más fresca. Porque esta era la verdad. Los pómulos abultados, el pellizco de la nariz, la anchura de su cara, afinada en su base, asociaban este rostro a la imagen de una vasija de barro popular, gastada y suavizada por el tiento de su uso, pero enteriza siempre.”

De la descripción interna utilizaremos un fragmento de La regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”, donde queda patente el carácter ambicioso del personaje:

“No renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los treinta y cinco años, y la codicia del poder era más fuerte y menos idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo necesitaba más cerca; era el hombre que no esperaba, la sed en el desierto que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir la fuente que está lejos en lugar desconocido. Sin confesarlo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en sí mismo que le daban escalofríos.”

Y por último, con un fragmento de Francisco Umbral, ejemplarizaremos lo que sería una descripción mixta, donde aparecen tanto rasgos externos como internos:

“Eusebio García Luengo (…) tenía los ojos muy negros, agudos bajo aquella cejas tremendas, de un nietzscheanismo irónico y frustrado. Tenía los pómulos muy salientes – erizados de pelos de barba-, y la boca hundida, con dientes sospecho que poco sanos. Llevaba siempre unos trajes que parecían lamentables, pero que si uno se fijaba un poco eran incluso nuevos y correctos. Lo que pasaba es que Eusebio García Luengo envejecía los trajes de dentro afuera, les comunicaba su cansancio interior, su desgalichamiento de alma, su escepticismo. Muy delgado, algo hundido, lento y pacífico, siempre sin prisa, teorizante de esquina y filósofo al azar. Eusebio García Luengo era un conversador fascinante, original, inesperado y de largo aliento. Todo le nacía de un fondo sistemáticamente paradójico e irónico, y el único que no advertía su burla era el sometido en aquel momento a ella.”

Además de todo lo dicho anteriormente, un retrato puede ser estático o dinámico, dependiendo si hay o no movimiento en él. Del primero tenemos un buen ejemplo en un fragmento de el Diario de Lecumberri, de Álvaro Mutis:

“De alta y desgarbada figura, rubio, con un rostro amplio y huesudo que surcaban numerosas arrugas de una limpieza y nitidez desagradables, como si usara una piel ajena que le quedara un poco holgada: al hablar subrayaba sus siempre vagas e incompletas frases con gestos episcopales y enfáticos y elevaba los ojos al cielo como poniéndolo por testigo.”

Y con un pequeño pasaje de La colmena, de Cela, ejemplificamos un retrato dinámico, que también se utiliza como recurso para mostrar un ambiente:

“Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es su Café, y alrededor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas.”

Todas las imágenes: Julio Romero de Torres

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