LOS CLÁSICOS DIVERTIDOS: Tartufo, de Moliere Ancrugón – Septiembre 2012



Moliere, pseudónimo del gran dramaturgo francés Jean-Baptiste Poquelin, nacido en París el 15 de enero de 1622 dentro de una familia burguesa bastante rica a costa del comercio; cursó estudios en un colegio jesuita de Clermont, gracias a lo que tal vez se debiera su anticlericalismo, y se licenció en derecho en la Facultad de Orleans, donde se relacionó con gente de mal vivir como Cyrano de Begerac, Chapelle o D’Assoucy. Pronto le entra la afición por el teatro y organiza, junto a Madeleine Béjart, L’Illustre Théâtre que sólo le produjo deudas y le provocó su primer enfrentamiento con la Justicia. Una vez liberado de sus compromisos, viajó por el Sur de Francia con la compañía de Dufresne, en la que estrenó sus primeras obras. Sin embargo, sus intentos en la tragedia siempre acabaron en rotundos fracasos, por lo cual decidió dar un cambio radical a su carrera y se internó en el mundo de la comedia donde, con su propia compañía llamada “Troupe de Monsieur”, tuvo su primer gran éxito con la obra titulada La escuela de mujeres, estrenada en París en 1662 y que fue alabada por el mismísimo Luis XIV, quien apadrinó a su primer hijo, nacido de un matrimonio bastante polémico, ya que se había casado con Armande Bèjart, una mujer veinte años más joven que él y que, según las malas lenguas, se aseguraba que era su propia hija, hecho que jamás fue demostrado. Un año después, presenta su obra Tartufo en el mismo palacio de Versalles, obra que le traería muchos problemas por su intención irreverente y sacrílega, por lo cual concluyó con la prohibición de la misma, algo que luego vería repetido con otras de sus creaciones. Moliere fue centro, desde ese momento, de los ataques de la Iglesia, y poco le aprovechó ser amigo personal del Rey, pues las subvenciones reales no llegaban y tuvo que afrontar los gastos de sus siguientes proyectos con sus ahorros personales, salvándoles solamente el rotundo éxito de El médico a palos. Posteriormente, a pesar de la debilidad de su salud, fue sacando a la luz obras tan conocidas como: El misántropo, El avaro o El enfermo imaginario, tras una de cuyas representaciones murió en 1673, un 17 de febrero, de un ataque al corazón siendo una página triste la de su ceremonia funeraria, pues la Iglesia se negaba a darle reposo en tierra bendecida, por lo que tuvo que intervenir el mismo Rey de Francia para conseguirlo. Moliere fue un hombre bastante polémico y adelantada a su tiempo en lo social, pero donde realmente impactó como revolucionario fue en lo artístico, pues supo adaptar la commedia dell’arte a las estructuras convencionales del teatro francés y supo aunar el texto con la música y la danza desarrollando sus grandes recursos para las situaciones cómicas, siempre con un trasfondo de crítica a la hipocresía de su época.

Una vez desarrollada la pequeña biografía del autor, centrémonos en la obra que hemos elegido, que no es otra que el Tartufo. Es esta una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos, en francés, claro está, por lo que en nuestra traducción hemos preferido realizarla en prosa. Un tartufo es un hongo, o trufa, que se esconde bajo tierra y que Moliere lo escoge como representación de la hipocresía de los beatos tan comunes en su tiempo, siendo, además, un ejemplo de torpeza. Pero, ¿quién es nuestro personaje?...  pues simplemente un mentecato y tramposo individuo quien, escondido tras el disfraz de un devoto santurrón, llega a ser el director espiritual de un noble benefactor, Orgón, con quien, encima, pretende emparentar intentando enamorar a su hija, al mismo tiempo que desea seducir a la esposa del mismo. Descubierto, trata de sacar provecho de la situación aferrándose a unas donaciones firmadas por Orgón, pero que… Bueno, mejor será que vosotros mismos lo descubráis leyendo la obra que seguidamente os ofrecemos. La cuestión es que ya en su estreno incompleto, pues sólo se representaron tres actos, se creó una gran polémica a su alrededor, consiguiendo la Compañía del Santo Sacramento que la obra fuera prohibida ya que veían en ella un ataque a la religión y a los valores que ésta propugnaba. Moliere trató de representarla cambiando el título de la misma, pero la policía volvió a impedirlo y el obispo de París amenazó a su autor con la excomunión. Sin embargo, el rey Luis XIV permitió en 1669, cinco años después de su edición, que fuera representada con su título original y, a partir de ese momento, quedó el nombre de Tartufo impuesto a todos aquellos personajes que hacen gala de la hipocresía y la falsedad, pues realmente esa era la intención de Moliere, el atacar a los beatos y devotos religiosos que manipulaban el poder para servirse de él, justo lo que ocurría en la Francia de su tiempo, gobernada por la monarquía absolutista de Luis XIV, el Rey Sol, quien intentó liberar a la Corte del poder de eclesiásticos tan influyentes y poderosos como los cardenales Richelieu o Micerino, controlando el poder de la Iglesia y confiando en ministros de origen plebeyo. Y Moliere pretendía justamente esto, que la autoridad real fuera ejercida lejos de estas personas, lo cual el rey entendió y por ello levantó la prohibición de sus representaciones.

Y sin más, pasamos a la lectura del primero de los cinco actos de la obra de Moliere titulada

Tartufo


ACTO PRIMERO     
ESCENA PRIMERA
PERNELLE, su sirvienta FLIPOTA, ELMIRA, MARIANA, DORINA, DAMIS, CLEANTO



PERNELLE: Vamos, Flipota, vamos que quiero librarme de ellos.

ELMIRA: Camináis a tal paso que cuesta trabajo seguiros.

PERNELLE: Dejad, nuera, dejad y no me acompañéis más allá; que no he menester tanta ceremonia.

ELMIRA: Justo es cumplir con lo que os es debido. Pero ¿por qué os marcháis tan presto, madre mía?

PERNELLE: Hallo insoportable ver cómo se gobierna esta casa, donde nadie se cuida de complacerme. Muy poco edificada salgo de aquí. Todas mis pláticas han sido desoídas; no se respeta nada; todos hablan a gritos; esto parece la corte del rey Pétaut.

DORINA: No obstante...

PERNELLE: Sois, amiga mía, una sirvienta un tanto deslenguada y asaz impertinente, amiga de entrometeros a dar vuestro consejo en todo.

DAMIS:                Pero...

PERNELLE: Vos, hijo mío, sois un tonto listo y raso. Os lo digo yo, que soy vuestra abuela. Cien veces he predicho a mi hijo y padre vuestro, que tenéis toda la traza de un pícaro y no le daréis sino sinsabores.

MARIANA: Yo creo...

PERNELLE: Mucho os gusta hacer la discreta, nieta mía. Tan melosa parecéis que empalagáis. Pero bien se dice que no conviene fiar del agua mansa, y tenéis, para vuestro sayo, unas inclinaciones que aborrezco.

ELMIRA:  Sin embargo, madre mía...

PERNELLE: No os molestéis en argumentos, nuera; vuestra conducta es mala en todo. Debierais dar ejemplo a estos jóvenes, según lo hacía, y mucho mejor que vos, su difunta madre. Sois manirrota, hija, y me hiere veros vestida como una princesa. La que quiere agradar sólo a su marido no necesita de tanto aderezo.

CLEANTO Después de todo, señora...

PERNELLE: Escuchad, señor hermano de mi nuera: os estimo mucho, os quiero y os respeto; pero si fuera esposa de mi hijo, os rogaría con ahínco que no vinierais a esta casa. No hacéis sino predicar máximas de vida que nunca deben seguir las gentes honradas. Os hablo con alguna franqueza, mas soy así y no gusto de tragarme las palabras.

DAMIS:                En trueque, el señor Tartufo es muy aventajado a vuestros ojos...

PERNELLE: Sí; es hombre de bien y merecedor de ser oído, y no puedo tolerar sin encolerizarme que le critique un bobo como vos.

DAMIS: ¿Acaso voy a tolerar que un hipócrita redomado como ése venga a ejercer en nuestra casa un poder tiránico, sin poder ocuparnos en nada si ese buen señor no se digna consentirlo?

DORINA:  Si fuéramos a escuchar y creer sus máximas, no se podría hacer nada sin cometer un crimen, porque ese celoso criticón métese en todo.

PERNELLE:Bien metido está en cuanto se mete, porque pretende conducirnos por el camino del Cielo. Mi hijo debía induciros a que le amaseis.

DAMIS: No hay, abuela, padre ni nadie que pueda obligarme a quererle. Hablando de otro modo traicionaría lo que siento. Su forma de obrar me enoja y preveo que acabaré teniendo algo muy soñado con él.

DORINA: Como que es cosa que escandaliza ver a un desconocido hacerse dueño de la casa propia. Mucho enfada que un pordiosero que no traía ni zapatos cuando vino, y toda cuya ropa no valía seis dineros, llegue a olvidar quién es y procure contrariarlo todo y obrar como señor.

PERNELLE: Mucho mejor iría esta casa si las cosas discurriesen según sus pías disposiciones.

DORINA: Vos le juzgáis un santo, pero creedme que toda su conducta es hipocresía.

PERNELLE: ¡Tened la lengua!

DORINA: Pues yo, ni en él ni su Lorenzo querría fiar a no ser con garantía muy buena.

PERNELLE: Desconozco lo que pueda ser el sirviente; pero abono al señor por hombre de bien. Le queréis mal y le rechazáis porque os dice las verdades a todos; mas su corazón no se enfurece sino contra el pecado y sólo el interés del Cielo le impulsa.

DORINA: Bueno; pero ¿por qué, sobre todo de algún tiempo a esta parte, no quiere tolerar que nadie frecuente la casa? ¿Qué mal causa al Cielo una visita honrada y a qué bueno ha de quebrarnos la cabeza el señor Tartufo con los escándalos que arma en esas ocasiones? ¿Queréis que me explique en confianza? Pues creo que tiene celos de ver agasajada a la señora.

PERNELLE: Callad y meditad mejor lo que decís. No es él quien censura tales visitas. El aparato que acompaña a las gentes que aquí acuden, las carrozas plantadas sin cesar a la puerta y tanta reunión de bulliciosos lacayos causan deplorable ruido en la vecindad. No creo que en el fondo suceda nada; mas se habla de ello y eso no es conveniente.

CLEANTO:  ¿Queréis impedir que se hable, señora? Torpe cosa sería en la vida renunciar a los mejores amigos por miedo a los discursos necios. Y, aun de resolverse a hacerlo, ¿creéis que así se obligaría a la gente a callar? Contra la maledicencia no hay baluarte. No pensemos, pues, en los chismes sandios; vivamos inocentemente y dejemos plena licencia a los murmuradores.

DORINA: ¿No serán nuestra vecina Dafne y su maridito quienes hablan mal de nosotros? Aquellos de más reprensible comportamiento son siempre los primeros en calumniar y nunca dejan de asir con presteza la menor apariencia de simpatía entre sus prójimos para sembrar la noticia con regocijo, dándole el sesgo que quieren que se crea. Tiñendo con colores propios los actos ajenos, piensan autorizar los suyos en el mundo, y, so falsa esperanza de alguna similitud, procuran hacer inocentes las intrigas que tienen ellos, cuando no llevar a compartir a los demás las públicas acusaciones de que ellos están bien cargados.

PERNELLE: No vienen aquí a colación esas razones. Notorio es que Orante lleva una vida ejemplar y no piensa sino en el Cielo; y he sabido por ciertas personas que condena mucho la vida que se hace en esta casa.

DORINA: ¡Admirable ejemplo y buena dama! Cierto es que vive con austeridad; pero son los años los que han puesto en su alma ese ardiente celo. Es recatada en cuanto a su cuerpo, pero mientras ha podido atraer los homenajes de los corazones ha gozado mucho de sus ventajas. Ahora, cuando sus ojos pierden el brillo y el mundo la abandona, quiere renunciar a él y, con el pomposo velo de una gran modestia, disfrazar la aridez de sus marchitos encantos. Así suelen hacer las coquetas al verse abandonadas por sus galanes. En tal abandono, su sombría inquietud no ve salida sino en el oficio de gazmoña, y la severidad de tan honradas mujeres todo lo censura entonces, sin perdonar nada. Critican en voz alta la vida de todos, no por caridad, sino por envidia, porque no sufren que otras tengan los placeres de que a ellas les ha privado la edad.

PERNELLE: Cuentos que decís, porque os convienen. ¿Sabéis, nuera, que en vuestra casa no hay más remedio que callar, puesto que la señora charlatana no suelta la plática de la mano? Pero también yo razonaré, y os digo que mi hijo no ha hecho cosa más prudente que recoger en su casa a ese hombre, devoto, a quien ha enviado el Cielo para enderezar vuestros extraviados espíritus; que debéis escucharle en bien de vuestra salvación; y que nada él reprende que no merezca ser reprendido. Esas visitas, conversaciones y bailes son inventos del espíritu, maligno. Nunca ahí se escuchan palabras piadosas, sino discursos ociosos, canciones y nonadas, sin contar cuando también se critica al prójimo y se calumnia Dios sabe a quién. A las gentes sensatas túrbales la mente la confusión de tales reuniones, donde se componen, mil hablillas en un instante. Bien opinaba el otro día un doctor que esas asambleas son como la torre de Babel, porque todos hablan en ellas hasta no poder más; y para contar la historia, desde su principio, diré... Mas veo que ya ríe aquel señor. Id, id a buscar a esos sandios que tanto placer os causan, y no... Pero adiós, nuera: no quiero decir más. Sabed tan sólo que desde hoy estimo esta casa en la mitad y que habrá llovido cuando yo ponga el pie en ella. (Dirigiéndose a FLIPOTA, a quien da un bofetón.) Vamos, dejaos de soñar mirando a las musarañas. ¡Por Dios que os sabré calentar las orejas! Vámonos, sucia, vámonos.


ESCENA II
CLEANTO, DORINA



CLEANTO: No quiero salir, no vaya a reprenderme mas, porque esa buena mujer...

DORINA: ¡Lástima que no os oiga hablar así! Pronto os diría que fueseis con Dios; que no tiene ella edad para darle tal nombre.

CLEANTO: ¡Cómo se ha enojado con nosotros por nada y qué empecatada  está con su Tartufo!

DORINA: Pues todo eso no es nada comparándolo con lo del hijo. Si le vieseis diríais que él era harto peor. Nuestras inquietudes habíanle hecho ser sesudo y mostró, ha tiempo, valor sirviendo a su príncipe. Mas ahora se ha vuelto como bobo desde que anda encaprichado con ese Tartufo. Llámale su hermano; quiérele de corazón cien veces más que a su madre, hijo, hija y mujer; hácele único confidente de todos sus secretos y prudente director de sus actos; le distingue, le halaga y tiene más ternura con él que con una amante. En la mesa le sienta en lugar eminente, le ve con alegría comer por seis, le cede los mejores bocados y si le oye regoldar dícele: «Dios os ayude». Está como loco; Tartufo es su héroe, su no hay más; le admira en todas sus cosas, le cita a cuento de todo; sus actos menores le parecen milagro, y oráculos cuantas palabras dice. Tartufo conoce a quien engaña, aprovechase ofuscándole con cien apariencias y con su hipocresía le saca sumas a toda hora, adquiriendo además el derecho de censurarnos a todos. Hasta el necio que le sirve de espolique se mezcla a sermonearnos, nos mira con ojos fieros, y nos tira nuestros lazos, carmín y lunares postizos. El otro día el traidor rompiónos con sus propias manos un pañuelo que halló en una «Flor de los Santos», diciéndonos que cometíamos espantoso crimen mezclando adornos diabólicos con la santidad.


ESCENA III
ELMIRA, DAMIS, CLEANTO, DORINA



ELMIRA: Felices habéis sido de no escuchar los discursos que nos ha hecho en la puerta. Pero he visto a mi marido llegar, y como él no me ha visto a mí, voy a subir a esperarle en mi estancia.

CLEANTO: Yo le aguardaré aquí para entretenerme menos; no haré sino darle los buenos días.

DAMIS: Habladle algo del casamiento de mi hermana. Sospecho que Tartufo se opone a su ejecución y que obliga a mi padre a apelar a muchas argucias para lograrlo. Ya sabéis cuanto interés tomó en ello. Así como un mismo ardor inflama el corazón de mi hermana y el de Valerio, conoces lo cara que me es la hermana de este amigo, y, a ser menester...

DORINA: Ya entra.


ESCENA IV
ORGON, CLEANTO, DORINA



ORGON: Buenos días, hermano.

CLEANTO: Ahora salía yo; alegróme de veros volver, en este tiempo la campiña no está muy floreciente.

ORGON: Dorina... Os ruego que esperéis, cuñado. Permitidme que, para salir de inquietudes, me informe de las noticias de casa. ¿Han pasado bien estos dos días? ¿Qué ha habido en la familia y cómo andan todos?

DORINA: La señora anteayer, estuvo con fiebre hasta la noche y con un dolor de cabeza como no podéis imaginaros.

ORGON: ¿Y Tartufo?

DORINA: ¿Tartufo? Muy bien. Gordo y lucido, con buen color y la boca muy encarnada.

ORGON: ¡Pobre hombre!

DORINA: Por la noche la señora no pudo probar la cena. ¡Le dolía la cabeza tanto!

ORGON: ¿Y Tartufo?

DORINA: Comió solo, delante de vuestra esposa, y engulló muy devotamente dos perdices y media pierna de carnero en salsa.

ORGON: ¡Pobre hombre!

DORINA: Vuestra esposa pasó toda la noche sin poder cerrar los párpados. La calentura impedíale dormir y hubimos de velarla hasta el alba.

ORGON: ¿Y Tartufo?

DORINA: Tartufo, tomando de un grato sueño, fuese a su alcoba al levantarse de la mesa, metióse en su lecho bien caliente y durmió de un tirón hasta la mañana.

ORGON: ¡Pobre hombre!

DORINA: Vuestra esposa, ganada al fin por nuestras razones, consintió en sufrir una sangría y el alivio se siguió muy luego.

ORGON: ¿Y Tartufo?

DORINA: Armándose de valor como conviene y fortificando su alma contra todo mal, reparó la sangre perdida por la señora bebiendo en el desayuno cuatro copas grandes de vino.

ORGON: ¡Pobre hombre!

DORINA: En resumen, los dos están bien. Me adelanto a anunciar a la señora cuánto celebráis su convalecencia.


ESCENA V
ORGON, CLEANTO



CLEANTO: Dorina, hermano, se ha burlado de vos en vuestras barbas y, sin querer enojaros, os digo con franqueza que tiene razón. ¿Se ha visto alguna vez capricho semejante? ¿Es posible que haya un hombre con un poder mágico tal como para haceros olvidarlo todo por él? Un hombre que, tras reparar en vuestra casa todas sus miserias, llega al punto...

ORGON: Alto ahí, hermano. No conocéis a aquel de quien habláis.

CLEANTO: Puesto que así lo queréis, confieso que no le conozco, pero para saber qué clase de hombre es...

ORGON: Os encantaría conocerlo. Sí; infinito sería vuestro arrobamiento. Es un hombre que..., un hombre, ¡ah!, un hombre... En fin, es un hombre. El que se instruye bien de sus lecciones goza de paz profunda. Mira a todos como si fuesen despreciable estiércol. Merced a sus pláticas, me he trocado en otro del que era. El me ha enseñado a no tener afecto por nadie, ha apartado mi alma de toda amistad, y tanto es así, que si yo viese morir a mi hermano, hijos, madre y esposa, no me curaría de ello.

CLEANTO: ¡Humanos sentimientos, cuñado!

ORGON: Si hubieses visto cómo conocí a Tartufo habríais tenido por él la amistad que yo. A diario iba a la iglesia, con benigno talante, prosternábase frente a mí, doblando entrambas rodillas, y atraía los ojos de toda la congregación por el fervor con que elevaba a Dios sus plegarias. Exhalaba suspiros, ponía los brazos en cruz y a cada momento besaba humildemente la tierra. Cuando yo salía, adelantábase presto para ofrecerme agua bendita. Instruido por su mozo (que le imitaba en todo) de lo que era aquel hombre y de su inteligencia, hícele dones, mas él, modesto, siempre quería devolverme una parte. «Es demasiado (decía), es excesivo en la mitad. Y no merezco vuestra compasión.» Y si yo me negaba a tomarle el dinero, acudía a los pobres y lo distribuía entre ellos ante mis ojos. Al fin el Cielo llevóle a acogerse en mi casa y desde entonces todo parece prosperar en ella. Repréndelo todo, y respecto a mi mujer tómase extremo interés por mi honor, advirtiéndome de cuales gentes la miran con ojos dulces y mostrándose seis veces más celoso que yo. No podéis creer a dónde llega su celo; acúsase de pecado a la menor nonada; escandalízale cualquier menudencia, y ha pocos días vino a culparse de haber apresado una pulga estando en oración y matádola con excesiva cólera.

CLEANTO:  ¡Pardiez, hermano mío, que debéis haber perdido el seso! ¿Os mofáis de mí con tales discursos y creéis que todas esas ficciones...?

ORGON: Vuestro discurso, hermano, huele a libertinaje. Tenéis el alma un tanto corrompida y, según os he predicado lo menos diez veces, vais a atraeros algún mal recado.

CLEANTO: Cuantos son como vos razonan lo mismo, porque quieren que todos sean ciegos, al igual que ellos. Tener buenos ojos es ser libertino y el no reverenciar vanas afectaciones es carecer de respeto y fe por las cosas sagradas. Pero vuestros discursos no me amedrentan; que sé lo que digo y el Cielo ve en mi corazón. No hay por qué ser esclavos de esos fingidores, que hay tantosfalsos devotos como falsos valientes, y así como no se ve qué, allí donde el honor los conduce, los verdaderos valientes sean los que más bullicio hacen, así los buenos y verdaderos devotos, merecedores de que se sigan sus huellas, no son los que tanto gesticulan. ¿Acaso no distinguís entre la devoción y la hipocresía? ¿Queréis tratarlas a ambas con igual idioma y rendir el mismo honor a la máscara que al rostro, igualar el artificio a la sinceridad, confundir las apariencias con las verdades, estimar al fantasma como, a la persona y a la moneda falsa como a la buena? ¡Cuán singulares son los más de los hombres! Jamás se les ve en lo justo; la razón tiene para ellos límites angostos, que rebasan en todo sentido, dañando a menudo la cosa más noble por quererla exceder y llevarla demasiado adelante. Dígoos esto sólo de pasada, cuñado.

ORGON: Sin duda sois vos un doctor venerando, a quien ha sido otorgado todo el saber del mundo. Vos sois el único sabio y el único ilustrado, un oráculo y Catón de nuestro siglo, y a vuestro lado los hombres todos son necios.

CLEANTO: No soy, hermano, un doctor venerando, ni me ha sido otorgado todo el saber del mundo; mas, al cabo, tengo por toda ciencia saber diferenciar lo falso de lo verdadero, y como no veo género de héroes más admirables que los devotos perfectos, ni cosa más noble y hermosa en el mundo que cl santo fervor de un verdadero celo, tampoco veo nada. más odioso que el exterior blanqueado de un celo espacioso. Hablo de esos charlatanes sueltos, de esos devotos de plazuela cuya farsa sacrílega y engañadora abusa impunemente y se burla a su grado de cuanto más sacrosanto tienen los mortales. Pues son gentes aquellas que, con alma sometida al interés, hacen de la devoción oficio y granjerías, queriendo comprar créditos y dignidades a costa de mucho bajar de ojos y mucho afectado fervor. Refiérome a esas personas que con descomunal ardor corren por el camino del Cielo hacia su fortuna, pidiendo cosas a diario, implorantes y acalorados; predicando el retirarse, mas a la corte, ajustando su celo con sus vicios; mostrándose prontos, vindicativos, de mala fe, artificiosos; cubriendo insolentemente con el interés del Cielo su fiero resentimiento cuando quieren perder a alguien; siendo tanto más peligrosos en su áspera cólera cuanto que usan contra nosotros armas que reverenciamos, y en su pasión quieren asesinarnos con un hierro sagrado. De carácter tan falso, vense aparecer hartos hombres; mas los devotos de corazón son fáciles de conocer. Nuestro siglo, hermano, expone a nuestros ojos quienes pueden servirnos de gloriosos ejemplos. Mirad a Periandro y Ariston, a Orente, Alcidamas, Polidoro y Clitandro. A estos nadie les discute sus títulos; no son fanfarrones de la virtud; no se ve en ellos una vanidad insoportable, y su devoción es humana y natural. Porque no censuran todos nuestros actos, hallando exceso de orgullo en tales represiones, y dejan a otros las palabras duras, reprendiendo nuestras acciones con las suyas propias. Dan poco apoyo a las apariencias del mal y su alma se inclina a juzgar bien al prójimo. No hay en ellos cábalas ni intrigas, ocúpanse con cuidado en vivir bién, jamás se encarnizan contra el pecador y dirigen su odio tan sólo al pecado. Nunca, con exceso de celo, quieren tomar los intereses del Cielo con más empeño que el Cielo mismo. Esos devotos son los míos, es así como debe obrarse, ése es el ejemplo que debe proponerse. Y, en verdad, vuestro hombre no es de tal modelo y, si bien loáis de buena fe su fervor, os creo deslumbrado por un falso brillo.

ORGON: Mi querido señor y cuñado, ¿habéis concluido?

CLEANTO: Sí.

ORGON: Soy vuestro servidor. (Hace ademán de irse.)

CLEANTO: Una palabra más, hermano; os lo ruego. Dejemos esta conversación y decidme: ¿sabéis que Valerio ha recibido vuestra palabra de que casara con vuestra hija?

ORGON: Sí.

CLEANTO: ¿Os habéis inclinado a consentir en ese dulce vínculo?

ORGON: Es verdad.

CLEANTO: Pues, ¿por qué diferir la ceremonia?

ORGON: No lo sé.

CLEANTO: ¿Tenéis otra idea en la cabeza?

ORGON: Puede ser.

CLEANTO: ¿Queréis faltar a la fe prometida?

ORGON: No he dicho eso.

CLEANTO: Creo que ningún obstáculo impide el cumplimiento de vuestra promesa.

ORGON: Según.

CLEANTO: ¿Tanto cumplido hace falta para decir una palabra? Valerio me ha pedido que os visitara sobre el asunto.

ORGON: ¡Loado sea Dios!

CLEANTO: ¿Qué debo decirle?

ORGON: Lo que os plazca.

CLEANTO: Pero es menester conocer vuestros designios. ¿Cuáles son?

ORGON: Los que el Cielo disponga.

CLEANTO: Hablemos claramente. Valerio tiene vuestra palabra. ¿La cumpliréis o no?

ORGON: Adiós.

CLEANTO  (Solo.):Temo una desgracia para el amor de Valerio y debo advertirle de cuanto pasa.



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