MIS AMIGOS LOS LIBROS: El Imperio eres tú, de Javier Moro, por Ancrugón – Septiembre 2012




“… Es muy necesario que te hagas digno de la nación sobre la que imperas, porque el tiempo en que se respetaba a los príncipes por ser únicamente príncipes se acabó; en el siglo en que estamos, ahora que los pueblos saben cuáles son sus derechos, es menester que los príncipes sepan que son hombres y no divinidades”


Cuando te dispones a leer una novela histórica siempre tienes la duda de si aparecerán sus dos defectos característicos, a saber, o que sea demasiado histórica, casi un ensayo, o que sea demasiado novela, es decir, poco fiable. Sin embargo, con “El Imperio eres tú” no me ha ocurrido nada de eso, puesto que el argumento de la misma se desarrolla fluidamente entre los entresijos históricos con la misma naturalidad que lo haría por los caminos de la ficción, pero teniendo siempre presente que todos sus personajes existieron en la realidad y todos sus hechos acaecieron en su momento y condición.

Indudablemente hay un protagonista, un hombre contradictorio y, a veces, desmedido, sobre todo en lo referente a las relaciones con las mujeres, un hombre que supo alcanzar la gloria y supo perderla con la misma facilidad que se olvidan las llaves o las gafas sobre alguna mesa… Al mismo tiempo, descubrimos la fantástica historia de un Imperio tropical surgido de una derrota, y es que la vida es así, a veces de un paso atrás nos llega un empuje inesperado hacia adelante.

Y todo ello gracias al trabajo y buen hacer de su artífice, un estudioso del tiempo y un aventurero del arte, Javier Moro, un soñador madrileño, descubridor de fantasías al mismo tiempo que notario de antiguas realidades. Que con esta novela consiguiera el  Premio Planeta 2011 es simplemente anecdótico, puesto que su mayor recompensa es saberse autor de una obra bien hecha y perfectamente realizada.

Pero vayamos a los hechos y las personas antes que se diluyan entre el agua de los tiempos y se pierdan en los ríos de la palabrería sin dejar la esencia de lo fundamental e imperecedero, porque hablar de todos los méritos de este trabajo sería algo vano y totalmente subjetivo, ya que el crítico siempre habla por su propia voz, sin embargo hoy tengo la ventaja de tener una materia con cuerpo, peso y presencia que me permite desarrollar un tema sin necesidad de interpretar el papel de eco o vocero.



Cuando he dicho anteriormente que todo proviene de una derrota, no he querido inventar literatura, sino que me he limitado a hacer referencia a una realidad: Corría el mes de noviembre del año 1807, las tropas napoleónicas, al mando del General Junot, aunque cansadas y hambrientas, se encontraban en las mismas puertas de Lisboa y al Rey Juan VI, apodado el Clemente, quien gobernaba Portugal y sus posesiones como regente a causa de la enfermedad mental de su madre, María I, le entraron las prisas de poner tierra por medio para huir del rodillo francés y así, acompañado de su mujer, la princesa española Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y hermana del futuro rey de España, Fernando VII, de sus hijas, las infantas, e hijos, los príncipes Pedro y Miguel, así como de todo el circo de diferentes acróbatas y titiriteros que por entonces, y ahora también, para que vamos a engañarnos, se denominaba la Corte, entre 12.000 y 15.000 personas parasitarias de un país, embarcaron rumbo a Brasil llevándose una gran parte del acervo cultural portugués, el tesoro real y todo aquello que pudiera serles útil en tan lejanas tierras, más lo que abandonaron en los fangosos muelles del Tajo, y dejando atónito y desvalido a todo un pueblo a merced del invasor con el consejo, sabio y prudente, de que no ofrecieran resistencia para evitar un inútil baño de sangre.

Y tras tres penosos meses de navegación, la flor y nata de Portugal fondeaba en tierras americanas, enfermos, sucios, desarrapados y repletos de piojos, hecho este curioso por lo más, puesto que debido a esta incómoda y perniciosa plaga, tanto hombres como mujeres, debieron rapar sus cabelleras y lanzar a las profundidades marinas todas sus preciadas pelucas, con lo que, a la llegada a las costas sudamericanas lucían unos cráneos mondos y lirondos que ellas intentaron disimular con pañuelos y turbantes creando de esta manera la moda brasileña del pañuelo en la cabeza con más o menos adornos.



Pero eso sí, llevando consigo el espíritu del Imperio y de la monarquía absolutista que, también es verdad, ya comenzaba a agonizar.

Y es a partir de aquí donde comienza la historia que nos describe Moro en su novela, la vida de un joven que llegaría a ser emperador de Brasil independizándolo de la metrópoli, como Pedro I, y rey de Portugal, como Pedro IV, un muchacho educado en las normas absolutistas, pero que, sin embargo, introdujo en sus tierras la llama del constitucionalismo, un esposo amante y enamorado que no podía evitar, incapacitado para la fidelidad, esparcir sus sentimientos románticos, además de su ADN, por los lechos de otras mujeres, un padre abnegado que no dudaba en empuñar las armas para defender los derechos de su prole y un hombre que creyó en la justicia, aunque muchas veces no supo impartirla.



Nació Pedro en el Palacio de Queluz, no muy lejos de Lisboa, como hijo primogénito del rey Juan VI, un buen hombre aunque débil y temeroso, y de la infanta de Castilla, doña Carlota Joaquina, una verdadera arpía defensora a ultranza del absolutismo, del catolicismo más rancio y amante de urdir maquinaciones golpistas, como buena hermana del rey Fernando VII de España… El joven heredero fue bautizado con el rimbomboso nombre de Pedro de Alcântara Francisco Antonio João Carlos Xavier de Paula Miguel Rafael Joaquim José Gonzaga Pascoal Cipriano Serafim de Bragança e Bourbon, pero que nosotros lo reconoceremos simplemente como Pedro.

Como ya hemos dicho, cuando el niño contaba con siete años de edad, tanto su familia, como toda la corte de nobles, prelados, criados, burócratas y demás elementos inútiles, salieron disparados hacia las tierras brasileñas huyendo de las tropas de Napoleón, y allí se establecieron todos durante trece años, convirtiendo durante ese tiempo a la ciudad de Rio de Janeiro en la capital del Imperio Portugués y elevando a Brasil a un estatus similar al de Portugal, dejando, por lo tanto, de ser colonia, por lo que desde entonces la Corona pasó a denominarse Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve.



Y allí, en Río, Pedro fue creciendo más interesado por las cuestiones prácticas y cotidianas que por la política, pasando él y su hermano Miguel, las horas entre los criados y las mujeres, a las cuales les tomó bastante gusto y afición, encontrando en ellas tanto la salvación como la perdición. Y allí conoció su primer amor, una joven y hermosa cantante francesa que le trajo de cabeza, Noèmi, sobre todo a su disgustada madre, la reina. Con ella tuvo un hijo que murió al poco de nacer y, para evitar males mayores, le buscaron esposa y así llegó a su vida la que iba a ser su guía y su apoyo, la mujer que, siendo casi una niña y con fuertes raíces absolutistas, le ayudaría a crear el Imperio de Brasil basado en una monarquía constitucionalista, me refiero a María Leopoldina, Archiduquesa de Austria e hija del Emperador Francisco I, quien, además de cariño, fuerza e inteligencia, le dio nada menos que ocho hijos: María de la Gloria, que sería reina de Portugal con el nombre de María II; Januaria María, quien fue la esposa del príncipe Luis de las Dos Sicilias; Francisca, casada con el príncipe Francisco de Orleans; Pedro de Alcántara, segundo emperador de Brasil con el nombre de Pedro II, además de otros cuatro que no sobrevivieron mucho tiempo.

Sin embargo, esta unión estuvo bastante lejos de conocer la felicidad y la paz y todo a causa de la obsesión de Pedro por otra mujer que le absorbió la voluntad y la cabeza y que fue matando lentamente de pena y angustia a la emperatriz. Me refiero a Domitila de Castro Canto y Melo, a la que dio los títulos de Baronesa, Vizcondesa y Marquesa de Santos y con quien tuvo otros cinco hijos.



Pasados trece años y ya resuelto el problema de Napoleón, Juan VI vuelve a Portugal, no con muchas ganas, todo hay que decirlo, dejando como regente a su hijo Pedro. Ya con el Rey en Lisboa, las Cortes portuguesas dieron marcha atrás y suprimieron la mayoría de los privilegios concedidos a Brasil, lo cual no cayó muy bien en el círculo de los cada vez más numerosos nacionalistas. El Príncipe, delegado a un simple representante de Portugal en la colonia, se negó a obedecer las insistentes llamadas desde Europa para que volviera, y siguiendo los consejos de su padre, que aunque cobarde no era tonto, buscó apoyos en el movimiento constitucionalista liderado por el estadista José Bonifacio de Andrada y compró la inestimable ayuda militar y estratégica del codicioso aventurero escocés lord Cochrane, proclamando el 7 de septiembre de 1822, en lo que después fue conocido como el Grito de Ipiranga, la independencia de Brasil. El 12 de octubre del mismo año fue proclamado Emperador, por diversas causas, veamos: ¿Quería emular a Napoleón quien, a fin de cuentas, era su ídolo?, puede ser. ¿Pretendía implantar de esta forma los ideales liberales de la Revolución Francesa en su nuevo Imperio?, posiblemente, aunque aquí deberíamos hacer más de un matiz. Pero sobre todo este título quedaba como anillo al dedo en un estado formado por diferentes provincias con marcadas diversidades culturales, raciales y económicas y englobarlas así en un fin común.


Pero la cosa no fue tan sencilla como parece pues Pedro, desde su cosmopolita Río de Janeiro, debía gobernar un inmenso territorio en el que la mayor parte de la sociedad era rural, conservadora y patriarcal, además de poseer una economía fuertemente basada en el esclavismo, algo que repudiaba tanto a Leopoldina como a él mismo, pero con lo que tuvieron que apechugar durante todo su reinado. Al mismo tiempo aparecen todos los gérmenes revolucionarios y progresistas que tanto temían en Europa las monarquías absolutistas: La modernidad constitucionalista la solucionó con la Constitución del 24 de febrero de 1824, la cual ya se iría encargando, poco a poco, de ir acomodándo a sus necesidades acaparando cada vez más poder, sobre todo gracias a otro problema, el sentimiento republicano e independentista que, aunque no sea lo mismo, estaban en aquellos tiempos bastante ligados en algunas provincias del norte y del sur, resolviéndolo en algunos casos mediante el diálogo y otros por medio de la fuerza. Sin embargo no pudo retener la Provincia Cistaplina (Uruguay) que perdió en una guerra contra las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina). Sin embargo uno de los problemas que le granjearon más impopularidad sería el surgido por sus relaciones con su amante Domitila a la que fue elevando a costa de relegar a la Emperatriz y eso el pueblo no se lo perdonó, pues Leopoldina era muy querida entre los brasileños.

Borracho de poder y soberbia, Pedro aceptó el trono de Portugal a la muerte de su padre, el rey Juan VI, hecho este totalmente prohibido en la Constitución Brasileña, por lo que decidió cambiarla. Sin embargo, viendo que su simpática madre, Carlota, y su cariñoso hermano, Miguel, aprovechando la ausencia y la distancia se estaban apropiando del Gobierno portugués, se vio forzado a abdicar a favor de su hija María, que fue admitida por los portugueses, y a la que pretendía casar con su tío dejando de esta forma a Miguel como regente del reino europeo hasta la mayoría de edad de la niña, quien en esos momentos sólo contaba con siete años de edad.



En 1828 muere la Eperatriz Leopoldina y Pedro se sume en la más profunda de las desesperaciones, respetándola mucho más muerta que viva y debiendo enfrentarse al desprestigio en todas la cortes europeas. Para lavar un poco su maltrecha imagen, sus consejeros deciden que debe volver a casarse y, tras una larga serie de infructuosos intentos, logran que sea aceptado por Amelia de Beauharnais, princesa de Leuchtenberg, descendiente de Napoleón. Sin embargo esto no le trajo la paz ni el sosiego en su Imperio y dos años después es obligado a abdicar a favor de su hijo Pedro II, embarcándose hacia Portugal para luchar contra su hermano Miguel, quien había usurpado aconsejado por su madre, como no, el trono de su hija María.



Este es un viaje que le llevará a una de sus aventuras más gloriosas, pues tras un periplo por Londres y París buscando tropas, barcos, armas y financiación, encuentra la ayuda del reino inglés, el dinero del español Mendizábal y un ejército de mercenarios, entre los que se hallaban muchos portugueses liberales exiliados, denominado Los Bravos de la Memoria, con los que desembarca el 8 de julio de 1834 en la Playa de Memoria (Matosinhos), un poco al norte de Oporto, derrotando a su hermano y retornando el trono a su hija María II de Portugal, a la que casaría con su cuñado Augusto Carlos Eugenio Napoleón de Beauharnais.

Pedro fallece, a causa de una tuberculosis,  en Queluz el 24 de septiembre de 1834, cuando le faltaba menos de un mes para cumplir 36 años, tras una vida breve, pero intensa, siendo sus restos trasladados a Brasil en1972 para descansar en el Monumento de Ipiranga, totalmente dedicado a la independencia de ese país.


En conclusión, “El imperio eres tú” es una lectura bastante recomendable, no sólo por el personaje y sus aventuras, que ya de por sí tienen miga, sino también por la maestría de su autor, Javier Moro, que es capaz de darnos una clase de historia de una forma atractiva y divertida.

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