CRÓNICAS DESDE EL ADRÁTICO: Tempus fugit, por Ángeles Sánchez – Agosto 2012




"No existe el presente:
Lo que así llamamos no es otra cosa
que el punto de unión del futuro con el pasado."
Michel de Montaigne


Si hubiera podido me hubiera arrancado la piel y la carne hasta convertirme en un esqueleto que bailase rock´n roll. Dejándome la sangre en cada acorde del guitarrista y tintando de rojo el suelo de mi alrededor para que así nadie se me acercase. Porque diez meses de stop and go no molan. Simplemente un día llega el gran stop ¡La dolce vita! y cuando menos te lo esperas... ¡GO!

Durante el tiempo que pasas fuera te exilias sentimentalmente de cualquier atadura macabra que puedas tener en el punto de origen. Y entre grandes momentos de éxtasis emocionales vas recordando vagamente y sin tortura lo que te espera. Pero no importa... -¡Eh, que queda mucho! -¿Mucho? ¿Donde están mis diez meses de alegría, fiesta y expansión socio-personal? Ya no están, ese mucho se convierte en poco. Y parece que hayan pasado años desde aquella vez que viviste fuera. Parece que haya sido como un puente vacacional en tu vida. -Hola, ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal te ha ido el Erasmus? - Erasmus ¿Yo? ¿Cuándo? ¡Ah ya sé! Te refieres a esos quince días hace dos mil siglos que pasé en Italia. Pues muy bien, sí.

Y todo esto pasa por que cuando te vas piensas que allí conocerás al hombre de tu vida, que los amigos que allí haces aquí los verás siempre que quieras. Todos los días. -¡Eh, Pau, ¿Vamos a tomar un capuccino? -Sí, espera que cojo el ferri Ibiza-Denia. Lo cierto es que no es así, pero no lo comprendes hasta que no has vuelto y tus amigas, las que ves todos los días, son las mismas de siempre. Las mismas que veías antes. Y las que seguirás viendo.

Pero lo peor no es eso, no tienes el recuerdo de un príncipe azurro italianini como pensabas que lo tendrías. Porque no existió. Y vuelves, con las heridas del pasado más o menos curadas, con doscientos clavos de plástico enganchados en tu pequeño corazón, los cuales pensabas que se derretirían durante tu Erasmus a consecuencia del alcohol. ¡El alcohol cura, pero no hace milagros! Sana las heridas, pero no diluye...

Y una noche cualquiera ya, en las verbenas de tu pueblo, te quedas clavada en medio de la plaza mirando a la nada. Simplemente la realidad de tu vida te azota. Y es entonces cuando comprendes que no quieres que nadie se acerque. Que nadie te coma la oreja, pues pasaste años deseando escapar de esas personas, meses esperando volver a verlas y a fin de cuentas pasarás años deseando no haberlas conocido.

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