EL DIARIO DE ANA: El cielo del Norte, por Ana L.C. - Septiembre 2012



El sol se ocultaba entre las nubes del horizonte tiñendo de un rojo anaranjado el cielo, mientras sobre el mar de plata dibujaba un camino dorado, sin embargo, por occidente, unos oscuros nubarrones de un azul plomizo amenazaban con dejar caer su carga sobre la ciudad, que ya comenzaba a encender sus luces y a prepararse para la noche. Era una tarde de agosto, pero un viento fresquito, el mismo que modelaba suaves y rítmicas ondas sobre la superficie marina, erizaba el vello de mis brazos y me hacía evocar la tierra cálida y reseca que acababa de dejar, sin saber por cuánto tiempo… Ahora, el aroma de la hierba húmeda junto con el sabor de la sal que flotaba en el aire me dijeron que una nueva etapa comenzaba en mi vida y eso me hizo estremecer.
- Precioso atardecer, ¿verdad?
La voz me sobresaltó por lo inesperada.
- ¡Oh, te he asustado!, lo siento.
- No, no pasa nada, no me había dado cuenta de que venía alguien. – Dije un poco vacilante.
Giré la cabeza para ver mejor, pero la mujer ya toma asiento reposadamente a mi lado. Era mayor, no sé, nunca he tenido muy buen ojo para calcular las edades, pero podría estar sobre unos sesenta y cinco o setenta años, aunque bastante bien llevados. Llevaba el pelo totalmente blanco y largo recogido en una larga coleta que reposaba sobre su hombro derecho cayendo por delante y escondiéndose entre el chal que le cubría y arropaba del frío. Me sonrió y fijó su mirada en el horizonte naranja sin decir nada durante un rato. Pude pues observarla iluminada por el sol del ocaso y deduje que de joven habría sido muy guapa, pues todavía lo era, y que poseía algo especial que le daba un porte sereno y seguro.
- No eres de aquí, ¿me equivoco? – Preguntó sin apartar los ojos del ocaso.
- No, soy valenciana, ¿tanto se me nota?
- Un poquito, por el acento, ya sabes… ¿Estás de vacaciones? – Ella seguía sin volverse.
- En cierto sentido, sí, pero la verdad es que he venido a trabajar.
- ¿Aquí? – Preguntó en tono sorprendido y entonces sí que giró su rostro hacia mí y me di de bruces con unos ojos preciosos, cuyas arruguitas no afeaban nada sino que le daban más profundidad, los cuales, entonces no puede saberlo, eran verdes y me abrumaron con su mirada fuerte e incisiva.
- Bueno… sí, ahí en la ciudad. – Respondí señalando con un gesto de cabeza hacia el fondo de la ría donde las libélulas eléctricas ya brillaban más que las estrellas.
- Ya, me lo imagino… - Y sonrió un tanto divertida. – Pero vives aquí arriba, porque no he visto ningún coche por ahí aparcado y para volver andando ya es un poco tarde.
En ese preciso instante, el sol desapareció por completo en las profundidades oceánicas y las nubes se tornaron púrpura y azabache, según donde mirase.
- Sí, sí… He alquilado una pequeña casita allá abajo, una que está pintada de amarillo y…
- ¡Ah! La casa de la señora Concha. – Me cortó.
- Exacto, Concha se llamaba la señora con la que hablé.
- ¡Pobre mujer, cuánto ha sufrido en esta vida! – Soltó con un suspiro.
La miré un tanto intrigada y ella se dio cuenta, por lo que se apresuró a responder.
- Ya te lo iré contando, tendremos mucho tiempo… Yo también vivo aquí, un poco más hacia la cima de la colina. – Y se puso en pie con bastante agilidad, se apretó un poco más el chal y se dispuso a marcharse. – Yo soy Elisa.
- Yo Ana. – Respondí incorporándome también y estrechando su suave y cálida mano entre la mía.
- Ahora me marcho, ya comienza a refrescar… Pero yo vengo todos los días por aquí en mi paseo de la tarde, me gusta el cielo del Norte cuando anochece… - Miré hacía donde ella indicaba y vi las primeras estrellas titilando entre los huecos de las nubes. Me miró sonriente y me pasó un brazo por los hombros señalándome con el otro hacia un punto indefinido del universo. – Por allí debe estar la Estrella Polar, aunque hoy no se ve, pero, ¿sabes?, ella no indica el camino sino la meta, porque el Norte es el destino de toda persona, el fin, no importa la dirección de tu vida, siempre, si sigues la ruta correcta, te llevará a tu Norte. – Y me dio un beso de despedida. – Adiós, Ana, hasta mañana…
Y se alejó por el camino zigzagueante que bordeaba el bosquecillo ascendiendo hacia la cima. Las olas rompían contra las paredes del acantilado, unos setenta metros más abajo, allá al final de la colina, y de alguna parte me llegaba la llamada de un búho.  Con lentitud me encaminé hacia mi nuevo hogar, desde el que se oía, aunque no se veía, el mar y cuyos vecinos más cercanos estaban a más de veinte metros y no pared con pared, por el camino que llevaba directamente a la carretera, desde allí sólo había medio kilómetro hasta la urbanización. Cuando llegué al cruce, ya era noche cerrada, por eso vi la luz allá arriba, entre los árboles, adivinando la silueta del edificio y pensé que aquélla sería su vivienda y tuve la sensación de que algo me iba a unir con aquel lugar…
Aceleré el paso. Ahora se veía gente paseando tranquilamente y eso me relajó un poco, pero todos me miraban con curiosidad y me daba la sensación de que cuchicheaban sobre mí y eso comenzó a molestarme, así que me desvié a la derecha y al poco me topé con la silueta inconfundible de un ángel y de una cruz… “Vaya por Dios.”… Había dado con el cementerio. Me entró un poco de grima, debo confesarlo, y aceleré más todavía, casi corría. Al pasar por delante de la iglesia, un hombre joven estaba cerrando la puerta.
- Buenas noches. – Saludé al pasar.
Él se giró y me respondió. Pero al momento se acercó a mí.
- Perdone, señorita, ¿es usted la que ha alquilado la casa de la señora Concha? – Me preguntó sin tapujos.
Me detuve y le miré inquisitivamente. Era alto y delgado, con una calva incipiente y, aunque no guapo, bien parecido.
- ¿Qué pasa?... ¿Qué aquí todo el mundo sabe lo que hacen los demás?... – Pegunte un tanto molesta.
- Lo siento. – Se disculpó con bastante sinceridad. – Perdone mis modales. Soy Andrés, el párroco de esta iglesia. – Y señaló hacia la mole de piedra que enmarcaba toda la plaza. Las personas que pasaban nos miraban con curiosidad, pero, tras un saludo de cortesía, se marchaban.
- Yo soy Ana… - Y le tendí la mano. – Y discúlpeme usted, pero me da la sensación de que todo el mundo me observa.
- No es una sensación, - rió él -, es la realidad. Tenga en cuenta de que, a pesar de estar en un barrio de la ciudad, esto es como un pueblo. Aquí nos conocemos todos y si llega alguien nuevo, no se nos pasa desapercibido y usted, perdone que se lo diga, menos. – Y volvió a reír su picardía.
Anduvimos algunos pasos juntos sin hablar, hasta llegar a la esquina de la primera calle.
- Pues sí, he alquilado la casa de la señora Concha. – Dije.
- ¡Pobre mujer!...
- Ya es la segunda persona que me dice eso esta tarde. – Corté.
- ¿Sí?... ¿Quién ha sido la primera?
- Una señora con la que he estado viendo la puesta del sol, me dijo que se llamaba Elisa.
- ¡Ah, Elisa!... ¡Fantástica mujer!..., pero muy atea, no consigo que pise la iglesia ni en los funerales. – Y rió con bastante desenfado.
Le miré con curiosidad. Me llamaba la atención su desparpajo, la alegría o cinismo, no sabía muy bien por donde inclinarme, con que parecía acogerlo todo.
- No parece que le preocupe demasiado. – Dije.
- Pues no. Para qué le voy a mentir. Dios está en todas partes y no creo que pase revista… - Volvió a reír. – Lo importante es ser una buena persona, ¿no cree?
- Pues sí. – Afirme. – Y eso me quita un peso de encima, porque yo tampoco soy muy creyente.
- Ya me he dado cuenta.
- ¿Cómo?, ¡si nos acabamos de conocer!
- Deformación profesional, querida. – Y dejó escapar otra vez su festiva risa. – Los buenos vendedores siempre saben si están ante un potencial cliente o van a perder el tiempo.
- ¿Piensa que yo soy una pérdida de tiempo? – Pregunté un poco maliciosamente.
- ¡No, por Dios! Me refería a nivel profesional. – Y volvió a reír.
En esto llegamos a la puerta de un caserón con mesas en la calle y bastante bullicio dentro.
- Yo me quedo aquí. – Dijo. – Hacen un buen cordero y tienen una excelente sidra. Si quiere acompañarme a cenar, le contaré lo de la señora Concha y los misterios de la casa que usted le ha alquilado.
- ¿Qué misterios? – Pregunté un poco inquieta.
- ¡Nada de qué preocuparse! ¡Paparruchas de abuelas!... ¡Si tenemos que creer en todo lo que se cuenta…!
Eso me tranquilizó todavía menos. Él me miraba divertido, parecía disfrutar y yo me estaba enfadando.
- Bueno, ¿acepta mi invitación? – Preguntó.
- Sí, pero…
Y en ese instante comenzó a llover con bastante fuerza.
- ¡Vamos, vamos dentro!... ¡Este cielo del Norte…!


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