Reflexiones en la bisagra - Códigos en ruta - Vicent M.B. – Marzo 2012

Reflexiones en la bisagra
Códigos en ruta
Vicent M.B. – Marzo 2012


Como sabía que tarde o temprano tendría que tocar el tema, llevo desde hace un par de meses un papelito en la cartera con unas notas. En realidad no son unas notas, es una simple frase. Y en realidad no es un papelito, es un trozo de cartón de un paquete de Lucky Strike, ese que está doblado debajo de la tapa y que suele, o solía, ser muy útil para hacerles las boquillas a los porros. Los escritores de postín, esos que tienen suficiente prosa y paciencia para escribir una novela, suelen ir con fichas o, mucho mejor, una Moleskine, porque en ese parque está el perro que te hace falta para poner al lado del policía malcarado del capítulo 2. O en el bar está en viejo cascarrabias al que hay que irá el protagonista a preguntar por su amada. Y eso hay que captarlo al segundo, que las musas literarias son como las nocturnas, fugaces. 


Por eso mismo yo llevo un trozo de cartón en la cartera en el que pone "El rock & roll tiene unos códigos". Esta frase, que puede parecer ridícula, hay que entenderla en su contexto. En su contexto fue grandilocuente y estúpida. Y también fue ridícula. Pero, seamos sinceros, los grandes momentos de la historia son ridículos. Desde la soflama de Clint Eastwood al final de Sin Perdón hasta la cara que pones al eyacular. Sublimes en su momento pero inenarrables y vergonzantes en esencia. Contextualicemos, entonces.



Sé tocar la batería. Y tengo una. Tan vieja que ya no es vieja, es Vintage, así que mola mil. Negra, de tercera mano, de una marca que ya no se fabrica. Para evitar el escarnio público, mi autorregalo de licenciatura fue un juego de platos Zildjian de gama alta, así que la tengo presta para la acción. Estuve unos cuantos años liado en proyectos de ska-reggae-punk que no llevaban a ninguna parte hasta que me cansé. Y tuvo que ser estando ya lejos de Valencia cuando surgió la oportunidad de juntarnos 4 conocidos para tocar en el aniversario del colegio mayor por donde habíamos pasado todos. Nada serio. Los guitarras, en función de cuyas capacidades técnicas se decide el repertorio, eligieron diez o doce canciones para versionar, las prepararon con el bajista y yo llegué el día antes del concierto para encerrarnos y, a fuerza de sesiones infernales con demasiados watios y demasiado bourbon, ajustar los temas para el concierto. Tocábamos, nos lo pasábamos bien un rato y si te he visto no me acuerdo. Pero entonces ocurrió algo. 




Que el concierto salió bien.


Quien no haya pasado por un escenario no sabe qué se siente. No lo recuerdo con exactitud, supongo que nuestra audiencia de aquel día llegaría a duras penas a las 100 personas. Pero la ducha de adrenalina que nos dimos fue la misma que si hubiéramos tocado en el Calderón. Atarte una cuerda a los tobillos y saltar desde una presa de 200 metros es un chispazo mental brutal, pero hacerlo desde un puente de 30 metros sigue generando las mismas sensaciones. Algo de eso hubo aquella noche. Y empapados de endorfinas, como en una noche de buen sexo, bajamos eufóricos del escenario jurándonos que eso había que repetirlo. 



Respeto mucho las inquietudes artísticas de la gente. Yo mismo tengo algunas, de hecho, y miro de arrancar proyectos en los que intentar hacer cosas que no se hayan hecho antes. Lo que viene siendo crear. Pero detrás de aquella tropa que nos habíamos juntado no había inquietud artística ninguna, éramos una banda de versiones. Había ganas de juerga, de guasa, de subidón, de cantar con la cerveza en una mano, el paquete en la otra y el cigarro en la comisura de los labios. Camiseta, vaqueros y Converse. Y había, también, ganas de tías. 



Había ganas de rock and roll, en suma. Un par de años después de aquel concierto estuve sentado con uno de los pocos músicos de este país que se pueden calificar de estrellas. Cosas que pasan en los centros de investigación, una buena amiga del trabajo resultó ser íntima de él, así que nos metió en el backstage de un festival donde tocaba y acabamos de birras con el tío en cuestión. Y entonces, con toda la chulería, toda la pose, 30 años de carretera a las espaldas y media sonrisa, soltó sin que le temblara ni una pestaña "todos los que estamos en el rock nos metimos en esto para vacilar". No sé si yo empecé a tocar por eso. Pero la sensación de omnipotencia sí que me hizo adicto al directo. De repente, eres el rey. Como nunca lo habías sido antes. Como si la confianza hubiera duplicado el volumen de tu falo. Una niña se ruborizaba cuando le guiñabas el ojo desde arriba. Te veías capaz de, una vez acabado el concierto, coger por la cintura a la primera que pasaba y espetarle "bésame nena, soy el batería". Y lo hacías. Y no te descojonabas in situ. Y ella tampoco. Y te besaba. Y eso, claro, engancha. Así que seguimos adelante, aparentemente con fecha de caducidad inminente por razones profesionales.



A la guitarra solista teníamos un devoto del metal, sobrio como solo lo puede ser un extremeño. Mientras el resto de la banda estábamos desencajados, sudando y gritando mientras le acompañábamos un solo, él podía girarse cuando acababa el punteo y mirarnos hieráticamente, concediendo solo un guiño como muestra de confianza. Era una puta esfinge. Y como tal actuaba, solicitando incesantemente una bolsa de viaje para irse de prácticas a Escandinavia. Al final se la concedieron, así que organizamos un concierto de despedida en el que tirábamos sostenes al público para que nos los devolvieran, y tras el que nos dedicamos a pintar a nuestras groupies más fieles con un rotulador permanente. Les dibujábamos una flecha en la tripa que apuntaba hacia el sudeste con la leyenda "Vicent (o el que corresponda) was here". Así que el guitarra sopesó las posibilidades y renunció a la beca. Teníamos otro año por delante. Y había que aprovecharlo.



Y surgió lo que en perspectiva se puede considerar el punto álgido de la historia de la banda. A través de los benditos contactos del otro guitarra conseguimos que nos metieran en el cartel de un festival que se celebraba a principios de agosto en un pueblo de la Mancha. En la plaza de toros, concretamente. Así que nos lo tomamos con la solemnidad que merecía. Huí de la investigación unos cuantos días, estampamos el logo de la banda (de largo, lo mejor que teníamos) en unas 60 camisetas y nos plantamos en Albacete con tiempo suficiente como para preparar el concierto a conciencia. Las jornadas eran demenciales: nos levantábamos a mediodía, cogíamos el coche hasta un polígono, desayunábamos un kebab y ensayábamos cociéndonos hasta media tarde. Nunca había visto a un grupo beber agua hasta esos días, pero es que era imposible reponer con cerveza todo lo que sudábamos en aquel zulo. Y cuando digo imposible me refiero a fisiológicamente imposible. Dejábamos el local para que ensayaran sus legítimos propietarios, cenábamos algo y volvíamos ya de noche para, ahora sí con cerveza, seguir hasta que, de puro cansancio, no había manera humana de mejorar lo que sonaba. Y entonces, en lugar de ir para casa, pasábamos por un chino, comprábamos una botella de whisky y nos íbamos de ronda hasta que alguien caía literalmente rendido o nos sorprendía la policía bailando encima de un contenedor con los pantalones por los tobillos. A dormir un rato y vuelta a empezar. La noche antes del concierto el bajista ni siquiera tocó la cama, y eso sabiendo que por la mañana teníamos que llevar el coche del guitarra a arreglar. Resultó que el muy caníbal se había venido desde Cáceres en un Ford Taunus preconciliar que tenía una rosca suelta en un conducto de la gasolina. Cuando el mecánico lo vio, miró al conductor con una mezcla de admiración e incredulidad, como se mira a un superviviente de Auschwitz. Arreglado, cargamos el equipo entero en dos coches en los que no quedaba espacio practicable ni para un gato, nos apretamos unas napolitanas y una litrona por barba en el trayecto y llegamos a aquel poblachón en medio de la estepa. Paramos en la piscina, nos bañamos en vaqueros y nos tomamos unos mojitos en el bar con unas pelirrojas del lugar que se miraban a aquellos barrabases con los ojos llenos de juvenil excitación. Ahí ya nos dimos cuenta de que éramos 'alguien' cuando un miembro de la organización del festival vino directo hacia nosotros. "Sois de la banda, verdad?" Se ve que se notaba "Tenéis que montar y probar" Y entonces fue cuando metí el Alfa Romeo por la puerta grande de la plaza de toros. Marcha atrás. Es una sensación extraña y agradable. Empiezas a creerte algo. Te lo sigues creyendo cuando, con el sol ya por debajo de las gradas, pruebas sonido sin camiseta en un escenario a 2 metros de altura (más la tarima de la batería) con un técnico de verdad. Le hacía cambiar los niveles solo por saber que podía hacerlo. "Méteme menos guitarra, súbeme el bajo y lo sacas por el izquierdo y ponme lo mío por los dos monitores, pero separado". Y el tío, que juraba y perjuraba que había sido el técnico de la gira del 84 de Barón Rojo lo hacía. Y aquello sonaba de coña. Sonaba como nunca antes me había oído. Tocamos dos canciones para probar mirándonos con una sonrisa de bobo que nos llenaba la cara. Si el concierto salía la mitad de bien que la prueba, podía ser el copón en motocarro. El repertorio, como ya he dicho, no tenía nada de especial. Para darle una pátina de intelectualidad, nos gustaba anunciarnos reivindicando la verbena y la rumba como hecho cultural inherente a la mediterraneidad, algo así como el country a los Estados Unidos o el pop a las islas británicas. Pero es que en el fondo no éramos otra cosa más que eso: la última hora y media de la orquesta de verbena de pueblo. Una colección de éxitos seguros pasados de velocidad con un intermezzo melódico para tocar dos rumbas de Kiko Veneno y una de Peret, lo justo para tomar aliento y rematar con la apisonadora trivial de costumbre. Cuernos y testosterona. Crestas y cerveza. Ramones, Clash, Sex Pistols, Kortatu, AC/DC y apenas un par de licencias para satisfacer un poco las perversiones de los ejecutantes. Y un remix de grandes éxitos de la ruta del bakalao. Y sí, Barón Rojo también. Lo bueno de tocar todo esto era que al personal se le caían las caretas. Cuando, tras el solo, empezamos los coros en el Fear of the Dark de Iron Maiden, el cantante se giró extrañado. No le sonaba la voz que oía. Y no le sonaba porque no era la mía: el bajista del grupo que tocaba después de nosotros, un combo muy moderno de garage-psycobilly (sí, existe), se había subido al escenario, me había cogido el micro y se había puesto a corear como un heavy de extrarradio. Y claro, acababas el concierto eufórico y, con la excusa de vender camisetas, pegabas la hebra con todas las señoritas del lugar. Tengo lagunas de algunas cosas que pasaron esa noche. Recuerdo que, ante la duda de las potenciales compradoras, les hacíamos una oferta: ellas se probaban la camiseta, posaban para la cámara y, si les gustaba el resultado, nosotros subíamos la foto a la web y a ellas les hacíamos una rebaja en el precio. Revisando las fotos no consigo recordar cómo las engañaba para que posaran con esa cara de vicio, ni dónde se habían cambiado de camiseta, aunque seguramente fue en nuestras narices. A una morena preciosa conseguí convencerla para una foto gloriosa con la camiseta recogida hasta el sujetador y las manos sujetándose el pelo en la nuca. A otra la convencí para acercarla a su pueblo dejando que se fueran sus amigas, con la esperanza de que el mismo piercing que me acariciaba los labios me acariciara más tarde otra cosa. Sin embargo, a ella le pareció más oportuno meter la lengua en la boca de dos músicos en la misma noche. La que me llamó la atención sobre el hecho fue precisamente la morenita de un rato antes. Le parecía muy gracioso lo que la otra muchacha hacía, casi tanto como que mi supuesto compañero la hubiera apartado con el nada delicado sugerimiento de "vente conmigo pa' lo oscuro". Supongo que en el fondo lo que le divertía era que ahora tenía delante a un músico salido y, además, despechado, que bastante borracho no tuvo mejor idea que gritarle a su compañero que era un mierda, que había que respetar a los colegas y que el rock & roll tiene unos códigos. Nada más y nada menos que eso. En un plaza de toros dejada de la mano de dios, un tío rapado con gafas de sol y una turca de mariscal grita a las seis de la mañana que el rock and roll tiene unos códigos. Y ahora puede venir cualquier beat neorrealista a intentar componer una estampa más poderosa.



El colofón de la noche fue ese, aunque de ahí hasta que nos echaron del bar después de almorzar todavía hubo tiempo para poder contarle las pecas a la morenita, para que un amiguete que había venido a hacer coros volviera tras unas horas desaparecido al grito de "tío, qué gatillazo", para que ya al alba se montara en el callejón de la plaza de toros la rave más underground que he visto en mi vida. Meses más tarde también hubo tiempo para seguir con las andanzas por pueblos dispersos, para seguir pintando escotes con el rotulador permanente o para liarla muy, muy gorda en un encierro en la facultad de filosofía. Pero el colofón de aquella noche resultó ser también el colofón de la banda. Al año siguiente volvimos a la misma plaza de toros y, nadie sabe muy bien por qué, la cosa no funcionó. Seguramente fue tan solo porque, como en el sexo, segundas partes en el rock nunca fueron buenas. El guitarra marchó finalmente a Suecia, los otros dos miembros se exiliaron a Inglaterra e Italia respectivamente y yo me encerré durante año y medio a acabar la tesis. En los agradecimientos me acordé de aquellos tres descerebrados diciéndoles que con el tiempo yo no diría que cuando estaba en la ciencia tocaba con unos amigos. Diría que, cuando yo tenía una banda de R&R, mientras tanto, hacía una tesis. Yo ya llevo un año doctorado. Los exiliados empiezan a regresar. El último ha prometido que para San Juan habrá dejado Estocolmo. Volvemos a la carretera. Esto no ha hecho más que empezar.




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