REFLEXIONES EN LA BISAGRA: Tracas, naranjas, petardos, por Vicent M.B. - Abril 2012


Reflexiones en la bisagra
Tracas, naranjas, petardos
Vicent M.B. – Abril 2012


Esta mañana me he escapado diez minutos del trabajo para ir a la tintorería a recoger, entre otras cosas, una corbata burdeos que rapiñé de la herencia del abuelo. Tiene una mancha rara que no quiere irse. Otra señal del paso del tiempo. No hace tantos años, al acabar el invierno ponía una lavadora de jerséis después de que hubieran pasado unos meses estoicos sin tocar el agua. Ahora llevo los abrigos al tinte cuando acaba el frío. Y de paso llevo el traje, porque cuando acaba el frío empiezan las bodas. Este año me he superado y he llevado dos trajes: el reglamentario negro y una frivolidad gris con cuadros que me permití el año pasado. Ante la avalancha de bodorrios que se me venía encima, no me quedó más remedio que agenciármelo, so pena de pasear el otro terno por todas las celebraciones a las que me invitaban. Entonces creí que era el momento adecuado para ampliar el armario. Ahora sospecho que lo tendría que haber hecho antes -no por nada, sino porque parece que, afortunadamente, ya se me ha casado todo el mundo- aunque la economía, pero sobre todo la ética de un estudiante de doctorado me lo hubieran hecho cuesta arriba.
 Tras algún pionero inicial al que vaticinamos un seguro y ya consumado fracaso, el arreón de invitaciones llegó de sopetón. Mi marca personal quedó fijada el año pasado, donde lucí palmito en ocho bodas. Ocho. Algunas como titular de la invitación, otras como florero. Ocho. Y todavía hubo algunas que se solaparon: me quedé sin poder acudir a una en Boston, donde me invitó Francesca, una romana que conocí en una estancia de tres meses que hice en una universidad americana. Lo jodido es que era de las pocas que me ilusionaba de verdad, aunque hubiera sido solo por decirle "Franciu, cariño, si cuando coincidimos en el campus me hubieras dicho que ibas a dejar a tu novio dos meses después de que yo me marchara, al menos podríamos habernos pasado una noche follando como locos, que buenas ganas nos teníamos los dos". Francesca fue la que me llevó con su coche a coger el autobús el día que me marchaba de aquel poblachón nevado en el corazón de Massachusetts. Y fue la que, después de abrazarnos, me susurró "non sparire". "No desaparezcas". Me sentí como si Lucio Dalla me hubiera escrito una canción.
Sin embargo, a Francesca y al bollycao obscenamente joven (y guapo) que se había mercado como prometido les pareció que lo mejor era casarse el mismo día que un par de amigos del pueblo. Amigos desde pequeños, de la misma quinta que yo y todavía muy amigos pese a todo, ahí no había por dónde escaparse. Pero no pude dejar de pensar en bodas solapadas apenas un mes después, cuando me vi en las mismas, aunque esta vez en la boda de David. Otro amigo del pueblo de toda la vida, pero en este caso no me hubiera importado escaquearme. Porque también tenía otra. Pero claro, la otra boda era la de Bertomeu, y a él no le podías pedir que hiciera las cosas como marca el protocolo.
Y le pareció que lo más oportuno era decidir que se casaba, y comentarlo a la gente, con dos meses de plazo. Dos meses de plazo en un verano en el que ya he comentado más arriba cómo solemos tener la agenda los treintañeros.
Bertomeu, el gran Josep Bertomeu. Los dos cojones más gordos del campus. Me llamó la atención ya en la primera hora del primer día de clase en la facultad, cuando el profesor hizo una pregunta y solo él supo, o quiso, responderla. Y lo hizo con un acento cerradísimo que no pude identificar. Más de un año después por fin supe de dónde venía, pero me costó. Porque Bertomeu fue el primero que me enseñó a no preguntar más de la cuenta, y lo hacía con ejemplos prácticos: el día que quise saber de qué pueblo era, me contestó que de uno 50 kilómetros más al sur. Cuando al fin descubrí la verdad, y me llevó meses, le pregunté el porqué del engaño.
-Porque hay que hacer como los de Benitatxell: a qui pregunta, mentires a ell.
No era una pose. Bertomeu se cagaba en todos los que estábamos en aquella clase y todavía le sobraba mierda para los profesores. Cuando suspendió COU, le dijo a su padre que estaba harto del instituto, que él lo que quería era trabajar y sacarse sus pelas. Razones tenía de sobra, pero una de las gordas era que los colegas que curraban podían meterse más farlopa en la discoteca que los que salían con la paga de los padres. A su padre le pareció bien, pero en lugar de aprovechar su puesto de trabajo en la cooperativa para liberar al chaval de las faenas más pesadas, lo puso a partirse el lomo levantando ribazos. A los 3 meses, Bertomeu pedía árnica y acabó volviendo al instituto. Como herencia o querencia, todos los meses de enero desaparecía de la facultad justo cuando estábamos descuernándonos para los parciales de febrero. Él estaba cogiendo naranja a destajo durante una semana para pagarse el segundo plazo de la matrícula. Luego, claro, las preocupaciones de todos los señoritos que andábamos por allí le ponían de una mala hostia que asustaba. Porque Bertomeu tenía la cuerda justa. No he visto a nadie más cerca de partirle la cara a un profesor que a él, en unos exámenes de septiembre de una asignatura práctica. Él había aprobado la parte teórica en junio, yo no. Y además éramos pareja de prácticas. Así que nos encerramos diez días en la infravivienda con vistas a la autovía que él tenía alquilada con unos amigos cerca del campus. Yo estudiaba y, a ratos, le echaba una mano con las prácticas. Al final tuvimos que pedir tantos favores que hace poco, con unas cañas, todavía nos preguntábamos si los habíamos devuelto todos o no. La noche antes me mandó a dormir para que en el examen todavía me quedara alguna neurona fresca, y él se pasó la noche en vela acabando los programas. Al llegar de empalmada al aula donde estábamos convocados, el profesor del otro grupo le paró en la puerta.
-A ver, tú no eres de mi grupo, ¿no? Pues entonces te esperas a que llegue tu profesor.
-Pero si yo solo quiero dejar las memorias de las prácticas. Y no sé si el profesor de mi grupo podrá venir. ¿Te las dejo y ya se las das tú?
-¿Pero es que no me has entendido o qué? ¡Que te esperes fuera!
Guardiola, el profesor en cuestión, era un gilipollas. Eso lo sabía toda la facultad. Así que Bertomeu se giró por no armarla y salió al pasillo. Hasta que llegó nuestro profesor. Entonces entró con él mientras le entregaba las memorias y le hacía un par de apuntes. Y Guardiola se giró, lo vio y la emprendió a gritos con él. Que si era tonto. Que si no le había entendido. Que le había dicho que se esperara fuera.
Y entonces Bertomeu apretó los puños hasta que los nudillos se le hicieron blancos. Y le aguantó la mirada. E hizo ademán de abrir la boca una, dos, tres veces. Y por tres veces se lo pensó. Y nuestro profesor, un monstruo de la investigación que además de ser novelista de éxito boxea en sus ratos libres, olió la ira, lo cogió del brazo y lo sacó al pasillo hasta que se tranquilizó. A esas alturas yo ya no temía por Guardiola. Como asumía la tragedia como algo consumado, mi duda era si aprovechar la ensalada de hostias que veía hecha para pegarle un par de patadas en el cráneo mientras le quitaba a Bertomeu de encima. Aquel hijo de puta nunca sabrá lo cerquita que estuvo aquel día de perder los dientes. O sí. Porque juraría que le vi recular dos pasos con el párpado temblando.
Ese era Bertomeu. Y ese mismo día se casaba. Y yo estaba en el mismo salón de banquetes por el que había pasado tantas veces en los últimos años, asistiendo a la misma secuencia de paripés, aguantando otra boda de compromiso. Salí a fumar después de los entrantes, después del pescado y después de la carne. Y, a hurtadillas, salí cuando por los movimientos de los camareros supe que iban a sacar la tarta. Algo bueno tenía haber pasado tantas veces por allí, que todo era más previsible. En las otras escapadas me había encontrado a la fauna nicotínica de siempre: el tío soltero con la corbata naranja, las marujas compulsivas y los amigos del novio a los que la coca había dejado sin hambre. Pero ahora estaban todos dentro ondeando las servilletas mientras el techo se abría y un catafalco lleno de tartas al whisky con bengalitas descendía lentamente rematado por dos muñequitos. Todos aplaudían. Todos menos una extraña figura que, también fumando fuera, se lo miraba todo por el ventanal con una mezcla de indiferencia, condescendencia y sonriente curiosidad antropológica.
-A poco que hubieras cambiado el color de la corbata iríamos a juego.
-Estela, ¿en serio te parece divertido?
Estela era una amiga de la novia que yo ya había conocido en las fiestas del agosto anterior. Compañera suya en la universidad. Otra que se quedó en la facultad al acabar la carrera en lugar de buscar un trabajo como dios manda. Sin embargo, su futuro profesional parecía más claro que el mío por varias razones. En primer lugar, la tía era muy buena. Y en segundo lugar, su madre era vicerrectora. Y allí estaba ella, con el pelo ondulado cayéndole sobre el hombro que le dejaba al aire un vestido de un rojo imposible. Nadie en toda la boda, nadie en todas las bodas que habían pasado por allí, era capaz de llevar ese vestido como lo llevaba ella. Nadie tenía todo el dinero de su padre tamizado intelectualmente con el gusto de su madre. Parecía estar allí para recordarnos que, por mucho que nos empeñáramos, nadie como los de su casta, los burgueses de ensanche, se mueven encima de los tacones sin parecer impostados. Su encanto, según el maestro, debería ser discreto, pero en aquel momento y aquel lugar apabullaba.
-No sé qué decirte -dijo sin atisbo de suficiencia-. Yo vengo por Sara, porque sé que le hace ilusión, que le hará feliz. Intento no mirar la tarta, la miro a ella. Y ella está radiante, está contenta. Y me quedo con eso.
Y nos enfrascamos en una conversación sobre la necesidad o no de tanto kitsch en las bodas. Intentando descifrar hasta qué punto los casamenteros se ven obligados por las imposiciones sociales o, simplemente, disfrutan con ellas. Recuerdo que mi prima, una mujer cabal que se casó con un hombre cabal en una ceremonia cabal con banquete cabal, se alargó a la mesa donde estábamos la familia a la hora de los postres descojonándose.
-Me han dicho que si quería música mientras sacaban la tarta. Les he preguntado qué proponían y me han dicho que nada mejor que Luis Miguel.
-¿Y qué les has contestado?- preguntamos horrorizados.
-¡Que por supuesto!
Aquello fue subversión, puro pitorreo. Pero es que hay gente a la que de verdad le gusta eso. Y sobre ello conversábamos allí fuera la mar de a gusto. Cuando ya llevábamos un rato, ella entró y sacó una botella de vino blanco que se había quedado a medias en una mesa. Y cuando se acabó, me pidió que entrara yo a por otra, mientras los novios abrían el baile con una canción de Sergio Dalma.
-Nos vamos a coger una cogorza de impresión.
-Tranquilo, que si quieres ir a algún sitio te llevo yo- rió ella.
-Si me llevas tú, nos vamos a un sitio que te gustará más que este- órdago.
-Saca una botella de cava. Y depende de lo bueno que sea, hablamos- lo veo.
Entré y busqué a un camarero al que conocía de tocar juntos en una charanga de fallas. Le comenté el tema por encima. Me dijo que era imposible. Le señalé la vidriera y la silueta que se dibujaba detrás. Me dijo que me esperara en el aparcamiento. Saqué, cogí a Estela de la mano y me la llevé al párking. Al lado de la puerta de servicio había una botella de Bollinger y una cubitera con dos copas y una bolsa de hielo. Estela se quitó los zapatos y me preguntó si de verdad quería que me llevara a algún sitio.
-¿Conoces a Josep Bertomeu, el único doctor en fotónica que sabe podar naranjos con corvillo? Pues estoy convencido de que te va a caer bien.


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