EL SUEÑO DE UN VIAJANTE: Capítulo 3, por Antonio García Hernández - Abril 2012
El sueño de un viajante
Capítulo 3
Antonio García Hernández – Abril 2012
“¿Y ahora qué?”. Manuela no conseguía dormir. En toda su vida no
había tenido que enfrentarse a semejante pregunta. Siempre había tenido claro a
dónde ir o qué hacer. Desde muy temprana edad, estaba segura de que lo suyo era
la ciencia. A diferencia de otros niños que, incluso después de la selectividad
no sabían qué rumbo tomar en su futuro, ella intuía que en la investigación se
encontraba su horizonte. ‘La niña de los porqués’ le decía su madre en tono
cariñoso. “¿Mamá, papá, por qué los pájaros pueden volar y nosotros no? ¿Por
qué dan luz las estrellas? ¿Por qué los planetas no y, sin embargo, brillan
también en el cielo? ¿Por qué los peces no se ahogan y nosotros no podemos respirar
bajo el agua? ¿Por qué no podemos viajar en el tiempo? ¿Por qué nada se puede
mover más rápido que la luz?”. El único dilema era escoger la materia, aunque
ya se iba decidiendo a medida que se acercaba la hora de la elección. En el
momento de marcar la casilla para elegir la carrera universitaria, ya lo tenía decidido:
la física era la única capaz de satisfacer, no su curiosidad, sino su gusto por
las preguntas y el deleite por buscar una respuesta.
Pero también en su vida lo había tenido siempre claro: su estilo
para vestir, la música que escuchaba o los amigos que decidía retener o dejar
marchar por el camino. Incluso cuando un chico le gustaba, rompiendo las
absurdas normas de comportamiento occidental, ella era quien tomaba el primer
paso y se presentaba o le acababa pidiendo un contacto. Así pasó con Lucas, su
marido, desde el principio. Donde otros se amedrentaban, él no. Eso le gustó.
Él también era un tipo decidido y ambos se unieron en esa determinación.
Pero, ¿y ahora? No se había planteado la cuestión de cómo vivir
sin él. En su feliz ingenuidad, siempre había pensado en una vida de adorables
ancianitos juntos. Su plan se venía abajo. Cuando nos creemos más listos que el
azar, éste nos demuestra que el caos no se puede predecir ni, por tanto, controlar.
Siempre aparece un camino que puede que no hayamos previsto. Esas
incertidumbres por el paso del tiempo la desosegaba.
Esa noche la oscuridad era tan opaca como su futuro. Ni siquiera
veía a su marido a su lado. Por un momento, sintió miedo de que no estuviera
allí realmente, de que el tiempo hubiese corrido con celeridad y sin previo
aviso, para arrebatárselo sin dejarla disfrutar con él de sus últimos días. Se
le revolvió el estómago y el corazón se le encogió como una pasa. Tuvo que
estirar la mano para tocarlo y confirmar que aún se encontraba tumbado a su
lado. Respiró tranquila cuando sintió el volumen de cuerpo donde esperaba
encontrarlo.
Cayó entonces en la cuenta del miedo que le había provocado pensar
que no podría gozar de sus últimos momentos con él. Los últimos años habían
sido anodinos e insípidos, marcados por una rutina que los había alejado. Sí,
se daban cariño de vez en cuando y hacían el amor, momentos que los sacaban de
su aislamiento para recordar que tenían alguien al lado que los quería; y se
sentían algo especiales dentro de este mundo de acumulación material. Pero la
mayoría de las veces pasaban uno al lado del otro sin percibirse, casi evitando
rozarse, como si fueran parte del mobiliario, muebles móviles que hay que
rodear o apartar para llegar a donde quieres. Lo que al principio consideraron
una de las alegrías de vivir juntos, pudiéndose contemplar mutuamente cuando
apartasen la vista de sus tareas o lanzarse miradas furtivas al cruzarse por
los rincones de la casa, acabó marchitándose paulatinamente, escondiéndose bajo
el asfixiante polvo de los deberes diarios y perdidos en las turbulentas aguas
de las prisas. Las miradas pasaron a un segundo plano, cada vez menos
frecuentes “por falta de tiempo” (se decía a sí misma), hasta quedar
completamente olvidadas en favor de las obligaciones.
Manuela se sintió decepcionada consigo misma, abatida por aquel
pensamiento. Cuando un problema emerge del ponzoñoso fango de la desgracia,
todo se relativiza y, al verse obligado a variar las prioridades del día a día,
uno acaba desentrañando la madeja de sentimientos, para descubrir lo que brilla
en el fondo, lo que realmente le importa. ¡Ah, más que decepcionada se sentía
furiosa consigo misma! ¡Cómo pudo olvidar aquello!
Algo triste, buscó en la penumbra a su marido y se abrazó a él.
Fue un abrazo suave y temeroso, al principio, con la cautela del que agarra
algo frágil y delicado, para convertirse después en un abrazo tierno,
desesperado. Su marido, al sentir el abrazo de su esposa por la espalda,
reaccionó acurrucándose, como un niño temeroso de la oscuridad que encuentra
refugio en los seguros brazos de su madre. La noche ocultó las lágrimas de
ambos.
Cuando el sol empezó a despuntar, Manuela abrió los ojos y se
descubrió aún en la misma posición, con su marido bien guarnecido entre sus
brazo. Una cálida y tenue luz se colaba por los resquicios de la persiana. Todo
se encontraba como en una extraña quietud, melancólica e irreal. La onírica
atmósfera inspiraba una relajación para el espíritu que ella agradeció. Trató
de disfrutar de aquél momento. Aguzó su sentido del tacto para notar el cuerpo
de su pareja y le olió el cabello. Era algo que quería memorizar.
Cayó en la cuenta de que también estaba despierto:
- Buenos días. – Le dijo ella susurrándole al oído.
- Buenos días. – Respondió él en un tono suave.
- ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Desde cuándo lo sabes?
- ¿Recuerdas cuando hace varios meses me empezó a doler el
estómago al tomar comidas muy pesadas? Al principio no le dimos demasiada
importancia, porque asumimos que debía comer menos grasas y fritos, pero el
dolor no se me llegó a quitar del todo. Hace tres semanas sentí un dolor agudo
cuando estaba en el trabajo y fui al médico. No quise decirte nada porque sabía
que estabas preparando tu presentación. Era un momento importante para ti y no
quería distraerte. Pensé que no pasaría nada si te lo contaba cuando tuviese
los resultados o me hubiese recuperado. Quizás me equivoqué.
- Ains… ¿es por eso que últimamente no cenabas?
Él agachó la cabeza:
- Se agravaba, me dolía e incluso llegaba a vomitar. He perdido el
apetito.
Hubo un silencio que pareció durar horas. Ambos meditaban en su
mundo personal. No se movían y el abrazo que mantenían se volvió eterno por el
tiempo que duró el silencio. Entonces, él tomó la iniciativa:
- Mañana empiezo con la quimio. Hoy iré al trabajo para dejarlo.
Ella no dijo nada, lo entendió. Y, tras una breve pausa,
decidieron ponerse en marcha.
Cuando la doctora Gracia llego al laboratorio, se encontró que el
doctor Villar había sacado a Laika de su jaula e intentaba hacer que le
prestase atención. Movía las manos diciéndole varias palabras en lenguaje de
signos. Sin embargo, la simia miraba en todas direcciones, como descubriendo el
laboratorio y todo lo que había en él. La doctora se fijó en que tenía los ojos
como ausentes.
- Hola. – Saludó ella al entrar.
- Hola. – Contestó Alejandro levantándose del suelo para ir a
hablar con la doctora. Hizo un ademán, como dando por perdida la tarea. – No
reacciona, no presta atención, se distrae todo el rato. ¡No parece un simio!
Casi diría que es un vegetal. – Cogió a Laika y la llevo de nuevo a su jaula.
Ella se sentó apaciblemente en el suelo parcialmente cubierto de paja.
- Tal vez debamos escoger un simio nuevo. – Dijo Manuela en un
tono plano. Ni siquiera miraba a la cara a su ayudante. Ella, al igual que
Laika, repasaba el laboratorio, aunque con cierto aire melancólico. Parecía
como si los objetos, harto conocidos, tuviesen un nuevo matiz, una nueva
perspectiva en la que no había reparado antes. - Pide un chimpancé nuevo.
- ¿Te pasa algo? Estás casi tan ausente como Laika.
- ¡Oh, no te preocupes! Es sólo que hoy estoy un poco en mi mundo.
- ¿Te apetecería que luego fuésemos a tomarnos algo y me cuentas
lo que te preocupa? – Esta frase sonó casi como un ruego en los labios de
Alejandro. Ella no pareció darse cuenta.
- No, sólo tengo que pensar, nada más. Quizás no me quede mucho
tiempo a trabajar hoy.
- Está bien… - Alejandro alargó un poco la frase y añadió: - Voy a
solicitar que traigan otro chimpancé.
La doctora Gracia hizo un gesto afirmativo con la cabeza mientras
el doctor Villar salía por la puerta del laboratorio. Ella se quitó la chaqueta
y se puso la bata. Se sentó frente a uno de los ordenadores y trató de trabajar.
Al poco tiempo se percató de que tan sólo había leído dos correos, anodina
información general sobre su centro de investigación y de los cuales no se
había enterado. Tomó una decisión y se marchó de allí.
Durante las siguientes semanas, Manuela y Lucas intentaron
aprovechar juntos el tiempo, recordar el amor olvidado, recuperar la pasión,
disfrutarse mutuamente. Uno trataba de sentir al máximo los últimos días de su
paso por esta existencia (si es que hubiera otra), la otra trataba de crear un
recuerdo imborrable en su memoria, una especie de fotografía sentimental, más
que visual.
Recorrían los lugares que en su juventud, cuando novios, tuvieron
un especial significado para ellos. Fueron al parque donde tuvieron esa
conversación de cinco horas que terminó de convencerles de que no se aburrirían
nunca juntos y disfrutaron de nuevo del atardecer sobre la línea del horizonte
de la ciudad bajo sus pies. Allí se besaron por primera vez.
Pasearon por la calle mayor, toda abarrotada de gente: feroces
borregos guiados por su avaricia de acaparar. Y ahí, envueltos por la anónima
multitud, se sintieron solos, aislados en la vorágine. El mundo se movía a su
alrededor de manera frenética, pero ellos habían detenido el tiempo dentro de
su burbuja. Veían pasar a la gente, que llegaban incluso a empujarlos en su
carrera de obstáculos hasta la siguiente tienda y sentían una distancia
insalvable entre ellos y el resto de personas.
También cenaron en el restaurante donde se conocieron, instigados
por sus amigos a una cita a ciegas. Nada que desearan, pero que, tal vez por
diversión, tal vez por curiosidad, aceptaron. La determinación de ambos no les
dejaba solos mucho tiempo. Siempre conocían a gente y ambos habían tenido
pareja anterior. Sin embargo, sus amigos parecían comprender algo que ellos no
terminaban de ver. Tal y como acabaron las cosas después, estaba claro que sus
amigos los conocían más que bien. La velada, como aquélla cuando jóvenes,
discurrió afable y entre risas. Pudieron recordar la sensación de comodidad que
abrazó sus corazones en la primera cita.
Manuela encontraba nuevas emociones dentro de sí. Una extraña
sensación recorría su cuerpo al pasar por todos aquellos lugares llenos de
recuerdos. Por un lado, parecía como si pudiera atraer a su corazón todo lo que
sentía en aquel tiempo, en la edad de juventud. Sin embargo, filtrado por el
cristal de la experiencia y la madurez, todo adquiría una nueva perspectiva, un
nuevo significado. Los sentimientos se tornaban más complejos, más
sofisticados. Era capaz de disfrutar de los momentos, percibir las sensaciones
y saborearlas descubriendo todos sus matices, como el que gusta del vino o la
comida poniendo en práctica su bagaje.
Algunos días podían disfrutar de sus escapadas mejor que otros.
Lucas, en ocasiones, se veía afectado por los efectos de la quimioterapia y
debían dejar a la mitad sus paseos o, incluso, no ir a ningún lado. Eran
momentos difíciles para Manuela, instantes en los que se le plantaba en la cara
la realidad de la situación. Trataba de no pensar en la enfermedad de su
marido, pero en las ocasiones en que lo veía en la cama, sin fuerzas, en que se
le caía el pelo a mechones dejando rastros por toda la casa, sentía como un
jarro de agua fría, una bofetada en el rostro que la despertaba de su ensoñación.
Mientras tanto, el doctor Villar trabajaba sin descanso en el
laboratorio. Se afanaba por enseñar palabras en el lenguaje de signos al nuevo
simio. Era un macho y le había puesto por nombre César. Era más joven que Laika
y algo más espabilado; un poco rebelde y despistado, propio de la juventud. Era
fuerte, sin llegar a ser excesivamente corpulento. Llevaba un largo pelaje bien
oscuro, brillante. Sus ojos emitían un resplandor que casi parecían estar
analizando a quien lo miraba. Alejandro se sentía algo incómodo cuando César lo
miraba de ese modo.
César aprendía rápido, era un simio hábil y listo. Pronto había
cogido la dinámica del laboratorio y en pocas semanas, Alejandro le había
enseñado a contar, unas veinte palabras en el lenguaje de signos, entre ellas
‘comida’, ‘hola’, ‘adiós’ y ‘gracias’ y a resolver algunos juegos de lógica.
También había aprendido algunas palabrotas, cosa que divertía al joven doctor,
que se sentía un poco solo ante tanta ausencia de su jefa. La doctora Gracia
apenas trabajaba. Sus escapadas con su marido le dejaban poco tiempo para ello
y ella no estaba dispuesta a que sus labores mermaran ese aspecto. El doctor
Villar intuía que algo pasaba, aunque su jefa no le hubiese contado nada.
Querría ayudarla, pero sabía que no debía preguntar. Lo dejó correr, por el
momento, y se centró en su trabajo con César.
Los dos primates llegaron a entenderse muy bien. A veces comían
juntos e, incluso, el doctor les preparaba algunos juegos sencillos con los que
ambos se divertían. De tanto mirar los movimientos repetitivos de Alejandro, el
chimpancé aprendió a imitarlo. Y cada vez que copiaba los movimientos de su
dueño, soltaba una especie de carcajada sonora y socarrona. Esto le hacía reír
a Alejandro.
En una de esas visitas a los lugares emblemáticos de su relación,
Manuela y Lucas pasaron por la iglesia donde se casaron. En realidad ninguno de
los dos era religioso. Si se casaron allí fue por la tradición, como tantas
otras personas. A pesar de ello y de que no lo ocultaban, el párroco los casó
sin problema. “Todos tienen su precio para obviar la falta de fe”, Manuela
recordó aquellas palabras que se había dicho a sí misma cuando fueron a
concretar la fecha de la boda.
En aquella atmósfera silenciosa y reflexiva del templo vacío, se
sintieron inundados por la paz. La luz se vertía desde las vidrieras con una
tranquilidad atemporal, sin perturbaciones. Hacía brillar los objetos luminosos
y jugaba con las sobras de las estatuas. El tenue manto luminoso abrazaba a los
visitantes con apacible y cálido cariño.
Ambos recordaron su gran día: ella de largo y blanco, con una sonrisa entre nerviosa y
feliz; él, de imponente negro, no podía dejar de mirarla, por lo guapa que la
encontraba ese día. Se quedaron pasmados un momento recordando la ceremonia,
absortos, como hechizados por el ambiente, sus ojos clavados en los de ella y
los de ella en los de él. Se sonrieron con calidez empujados por la atmósfera y
se dieron un apasionado beso.
- Yo te sigo queriendo. – Dijo Manuela. Y sus palabras parecían apagarse
según las pronunciaba.
- Yo también te quiero. – Respondió él emocionado.
- ¿Cómo nos ha pasado esto? – Manuela habló en voz alta, aunque no
sabía si era una reflexión propia o una pregunta directa y, mucho menos, si
quería escuchar una respuesta.
- Enterramos nuestro amor bajo la tierra seca de las ocupaciones
y, encima, le pusimos la pesada losa de la indiferencia.
Manuela lo miró y en sus ojos brotaron unas lágrimas que no
terminaban de decidirse a germinar.
- No dejaré que nos pase esto. – La mirada triste de Manuela
descolocó a Lucas. La frase sonaba casi a una súplica, pero su mirada poseía un
aire de decisión que él no supo descifrar.- ¿Cómo voy a vivir sin ti ahora?
Lucas se apiadó de ella:
- Vivirás recordándome. Pero vivirás.
Al día siguiente, la doctora Gracia llegó temprano al laboratorio.
El doctor Villar se extrañó de verla por allí, aunque por una parte se alegró.
La doctora quiso ver los progresos de su ayudante con el chimpancé. Éste le
enseñó todo lo que había conseguido y le habló de lo interesante que era César.
Ella no se mostró demasiado impresionada. Por el contrario y sin apenas dejar a
Alejandro terminar su exposición, Manuela le comentó que había llegado el
momento de hacer el experimento. Alejandro reaccionó de una manera inesperada
para, a estas alturas, la ya agotada doctora:
- No estoy seguro de que quiera seguir adelante con todo esto,
Manuela.
- ¿Qué te pasa, Alejandro? ¿Qué es lo que te preocupa ahora? – La
doctora trató de mostrarse comprensiva, aunque se sentía impaciente.
- ¿Qué pasaría si, al hacer la teleportación, volviese a pasar lo
mismo que con Laika? ¡Perderíamos también a César!
- Te recuerdo que Laika sigue viva y en buen estado de salud.
Nosotros no le procuramos ningún daño, no la herimos.
- No, sólo le arrancamos el alma. La degradamos en la escala
animal, ¡peor, la redujimos a sus meros instintos naturales! Y le quitamos todo
lo que era. – Hizo una pequeña pausa – Lo he pensado y no quiero lo mismo para
César.
Estas palabras las soltó casi susurrando, sonaron como un lamento,
como una disculpa ante alguien que no estaba allí. Alejandro bajó la cabeza, apesadumbrado.
- No empieces con esas cosas. – Le espetó la doctora - No sabemos
lo que pasó. Tenemos que averiguarlo y la única manera es llevar a cabo el experimento.
Alejandro puso ojos de cordero suplicante:
- Lo siento, jefa, pero no puedo seguir con esto. Si está
dispuesta a hacerlo, no podré impedírselo, pero puedo negarme a colaborar.
Adiós.
Y se marchó por la puerta sin esperar la respuesta de Manuela.
Ésta no tuvo tiempo de reaccionar y se hubo de conformar con
balbucear algunas palabras que no terminaron de formarse en su boca. Le
fastidió bastante aquel berrinche de su ayudante. Cuando Alejandro se fue, el
laboratorio pareció quedar desierto. Ella miró el amplio espacio donde
trabajaban, las mesas inertes, a los animales ausentes en sus jaulas y no pudo
evitar sentir una soledad como humana. Era un sentimiento de estar alejada de
toda especie, entre un orgullo de superioridad con respecto a los demás
animales y una tristeza del que se siente incomprendido e incapaz de comprender
al resto. Cierta angustia recorrió su cuerpo.
Ahora no podía detenerse a meditar, tenía que continuar, el tiempo
corría en su contra. Un plan se empezaba a fraguar en su mente y debía de
comprobar qué había pasado con la prueba de Laika. A pesar de la ausencia del
doctor Villar, se dispuso a preparar el experimento con César.
Sacó al chimpancé de su jaula y lo llevó a la sala donde se
alojaban las cabinas. Siguió el mismo procedimiento que el día de la
demostración. Ahora, en solitario, ella tenía que hacerlo todo, pero ya lo
había repetido suficientes veces como para seguir los pasos de manera mecánica.
Metió a César en una de las cabinas, comprobó que se le había hecho el análisis
químico exhaustivo, se aseguró de que los tanques contenían los elementos
suficientes, de que los cables estaban bien conectados y conectó el ordenador.
La luz de los fluorescentes era deslumbrante. Su resplandor azul
cegaba los ojos y ponían nervioso al chimpancé, que se revolvía en su jaula. A
la doctora Gracia le picaban un poco los ojos debido a la claridad de la luz y
al nerviosismo. No dejaba de rascárselos.
Cuando terminó de teclear los comandos necesarios, levantó la
cabeza y miró hacia una y otra cabina, como preocupada por que César se hubiese
desvanecido sin previo aviso o se hubiese escapado. Antes de activar el botón
de encendido, tuvo un momento de duda. Después, recordó a su marido y se
decidió. Pulsó el botón.
La cabina donde estaba el chimpancé se iluminó. Éste se inquietó
un poco y miró a la doctora con cara de súplica. Ya no había vuelta atrás. Es
un pestañeo, el animal había desaparecido de una cabina y se había
materializado en la otra.
Manuela se acercó corriendo a la cabina de origen y la abrió. Miró
al suelo. “El polvo blanco, de nuevo”. César, en la otra, se movía inquieto,
ansioso de salir de aquél encierro. Ella
lo miró, como buscando una respuesta. Impaciente, corrió hacia él, le abrió la
compuerta y el chimpancé pudo salir. Hubo de esperar a que se tranquilizase
para hacer la prueba. Pero, en cuanto el animal se calmó, ella le habló en
lenguaje de signos: “Hola”. No hubo respuesta. No se dio por vencida: “Comida”.
Nada, César parecía estar ausente.
Sin poder contener la rabia, Manuela sintió ganas de golpear al
inocente chimpancé. Se detuvo a tiempo, cuando ya tenía la mano levantada, y
rompió a llorar desconsolada y amargamente.
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