REFLEXIONES EN LA BISAGRA: Y todavía estaba allí, por Vicent M.B. - Noviembre 2011



No hay, para un occidental que duerma bajo techo, momento más miserable que el madrugón obligado con resaca (en el mejor de los casos, todavía borracho en los peores) tras menos de cuatro horas de sueño. No conozco a nadie que lo haga a gusto. En realidad, no conozco a nadie que madrugue a gusto. Tras años de compartir habitación con hombres, primero, y cama con mujeres, después, puedo decir que no he encontrado a nadie que se levante, aun sin juerga en la víspera, de un salto con buen humor. He visto autómatas que salen de la cama con el primer pitido del despertador y siguen zombis cuando salen por la puerta media hora más tarde. Y me he topado también con alguna muchacha a la que le costaba unos 20 minutos deshacerse de las sábanas pero que, una vez en pie, encendía la música y marchaba bailando hacia la ducha. Pero he llegado a la conclusión de que es imposible aunar las dos virtudes.
Si dicen los toreros que jamás firmarían un contrato mientras esperan el paseíllo en el callejón, parece claro que nadie lo haría tampoco en el primer pitido del despertador. Hace poco, incluso un reconocido locutor de la radio de primera hora contaba que, locamente apasionado de su trabajo como era, no había día que no lo maldijera cuando le sonaba el despertador a las 3 de la madrugada. Y la imagen del periodista ciscándose en su suerte me cruzó el pensamiento cuando, el jueves de la semana pasada, el móvil me despertó en un sofá de Valencia. La noche antes -la de mi cumpleaños, para desarmarme de excusas y acabar de complicarlo todo- habíamos estado despidiendo a un amigo, compañero de banda pero amigo pese a todo, que marchaba al exilio por segunda vez tras constatar que el espejismo de una estabilidad de vuelta en casa no era sino eso, un espejismo. El plan, como era previsible pese al continuo autoengaño, fue complicándose irremediablemente hasta casi las 3 de la mañana, cuando se me encendieron todas las alarmas. Cuatro horas de sueño para ir a trabajar son pocas, pero todo lo que baje de ahí es directamente suicida. Así que me retiré con deshonor y la promesa de un colchón que no apareció en el piso que me acogía. Al sofá. Sofá de piso de estudiantes, con todas sus correas, sus gomaespumas añorando tiempos mejores y su decidida batalla entre su estructura y la mía. Así, hasta las 6:45. Despertador, maldiciones, 15 minutos de pelea conmigo mismo, boca pastosa y una seria tentación de llamar al curro alegando un cólico que duró lo que tardé en meter cabeza y torso (¿dónde coño había toallas en aquel piso?) bajo el chorro de agua helada. Salí a la calle encogiendo el cuello para evitar el calabobos que le daba más patetismo a la imagen y me metí en el primer bar que encontré.
-Un café con leche. Con la leche natural.
-¿No te apetece caliente, con lo destemplada que está la mañana?
-No tengo tiempo de esperar a que se enfríe.
Creo que conseguí no sonar tajante, o al menos no demasiado desabrido, pero lo suficientemente convincente para que el camarero se dejara sobre la mesa un vaso muy estrecho y alargado con dos dedos de líquido transparente y se girara hacia la cafetera. Una vez me sirvió volvió a lo suyo, cogió de un estante una botella de moscatel y acabó de llenar el vasito confirmando mis sospechas: el líquido transparente era cazalla, y el mozo se estaba apretando una barreja (o así le han llamado siempre los labradores valencianos, entusiastas usuarios del brebaje) como para pasarse la mañana labrando bajo la lluvia. Mientras vaciaba el vaso como quien se toma un cortado me fijé en un tatuaje que llevaba en el dorso de la mano, en el hueco entre el pulgar y el índice. No era ostentoso, apenas un garabato indescifrable, pero tenía una genuina factura cuartelera, o directamente patibularia. Con la mirada perdida dentro de la taza intenté construir para mí una posible historia vital del tatuado hasta que una voz, dos metros más allá en la misma barra, me sacó de mis ensoñaciones.
-¡Coño, se traen dos coches nuevos a la Ford!

el mejor amigo del hombre



Dos barrenderos, recién recogido el carro en el centro de logística del barrio, sonreían al ver en las noticias matinales que Ford había decidido trasladar la producción de toda una planta belga a la factoría de Almussafes, dando un respiro -"el" respiro- a la maltrecha economía valenciana. Y al repentino buen humor de los limpiadores urbanos se sumó el del camarero, el de tres parroquianos más sentados en una mesa, el de un conductor de tranvía que apuraba el carajillo antes de partir camino al turno. El mío propio. Y la alegría sincera que se respiraba en aquel bar era verdaderamente de fiesta mayor, sólo que más tranquila, más de camaradería calma.
Apenas tuve tiempo de contribuir con cuatro tópicos sobados al compadreo antes de marcharme mientras el otro barrendero pontificaba sin solemnidad.
-Es que si llega a joderse la Ford nos íbamos a la mierda. Pero a la mierda, mierda de verdad.
Salí a la calle con media sonrisa mientras me encendía el segundo pitillo de la mañana. Inconscientemente, creo que me reconfortaba el hecho de haberme quitado de la cabeza la imagen de la prueba de la secretaria.
La prueba de la secretaria, que me reveló un científico trepa que había alcanzado puestos muy altos en el Ministerio, es el test definitivo para saber si un trabajador llega al curro con una resaca asesina o aún algo mamado. Se basa en la certeza de que podemos, en apariencia, disimular el sueño o la ingesta de alcohol con esfuerzo, buena cara y, cuando procede, maquillaje. Pero nadie que llegue maltrecho a un puesto de trabajo es capaz de mecanografiar sin que se le traben los dedos. Pruebe, pruebe el lector la eficacia del método. Y, si me permite un consejo basado en la experiencia, ahórrese el ser tan estúpido como para comentárselo a su superior.
Al echar un último vistazo antes de cruzar la calle, pensé en la impresión que me habrían dado aquellas almas dentro de aquel bar de Valencia a las 7 de una mañana lluviosa de otoño si simplemente hubiera pasado por la puerta. Seguramente, me hubieran transmitido tristeza o desazón. Como la que puede transmitir una de esas bodas civiles que se celebran en los juzgados entre semana. Como la que esas bodas me inspiraban a mí, hasta que fui a la boda del Juanillo. En paro desde que leyó la tesis (en realidad desde que se le acabó el contrato, un año antes de la defensa), le iban a hacer entrega de las llaves de una VPO en Fuenlabrada, su ciudad, que le habían concedido seis años atrás. Como quiera que la que iba a pagar la hipoteca hasta que el mozo encontrara curro iba a ser su novia, con quien ya vivía amancebado, el piso tenía que ir a nombre de los dos. Y como la burocracia se hizo para servir al ciudadano, no había fórmula legal alguna para que así constara.
Bueno sí, había una: que la novia fuera su cónyuge.
Y tras llorar mucho por más instancias administrativas de las que nunca pensé que pudieran existir, consiguió que les casaran un jueves a las 11:40 en los juzgados de la misma Fuenlabrada. Por expreso deseo de los novios no acudió nadie más que sus padres y hermanos. Y tres amigotes gamberros de los gloriosos tiempos predoctorales, aquellos de cerrar bares en lunes, que no pudimos resistirnos a acudir desde Valencia, Sevilla y Bilbao. Llegamos justo a tiempo, nos quitamos la corbata por aquello de que el traje del novio (que era el de ir a bodas ajenas, por supuesto) luciera más y a la salida de una no-ceremonia de 8 minutos tiré una traca que me había traído de casa, acojonado porque no sabía hasta qué punto en un juzgado madrileño se iban a tomar bien unas explosiones en la puerta. Nos fuimos a comer de menú a un restaurante vasco con la familia y después pasamos una tarde agradabilísima en un bar con la terraza en un parque, trasegando gin-tonics, fumando puros y riendo como si no hubiera un mañana. La camarera, o la estanquera que nos vendió los Montecristos, compusieron una cara extraña cuando les explicamos que el ramo era en realidad un ramo de novia, mirándonos con una mezcla de compasión y condescendencia. Y lo que no podían comprender era lo obscenamente felices que éramos en aquel momento, derrochando alegría como si no fuéramos a tener más ocasiones para ello. Tal vez su error fue prejuzgar la estampa.
Tal vez mi mismo error hubiera sido prejuzgar aquel bar, aquella gente y aquella mañana. Y sin embargo, fueron el resorte que me ayudó a sobrevivir hasta que salí del trabajo a las 7 de la tarde. Destrozado, pero con una turbadora satisfacción. Como si hubiera empezado el día pegando un polvo mañanero, de esos lentitos.

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