EL DIARIO DE ANA: Una comida asturiana, por Ana L.C. - Enero 2013



El menú de la comida, dejándome aconsejar por la mayor experiencia de Araceli, no podía ser más típico de la zona: Ensalada templada de quesos asturianos con cogollos de Tudela, Fabes con almejas, Arroz con leche y todo mojadito con una buena sidra… ¡Como para volver al trabajo luego!... Pero estaba delicioso. Mientras comíamos, fui observando el lugar y me pareció bastante distinto al de la noche, cuando estuve cenando con ¿el cura?... pero era lógico, habían cambiado la posición de las mesas, los manteles y cosas así, parece que el ambiente es diferente del día a la noche. Incluso el servicio era distinto, pues durante la cena nos sirvió un joven bastante guapo y ahora lo hacía una muchachita menuda y ágil como un gato con una sonrisa encantadora.
Conversamos poco pues teníamos hambre y, cuando lo hicimos, siempre fue referente a los manjares que nos íbamos tragando.
- Buen sitio éste –apuntilló Araceli, - es agradable y se come bien y, si pagas tú, es hasta muy económico.
Sonreí ante la broma y le pregunté si le apetecía una copita de licor.
- Recuerda que tienes que conducir hasta el despacho… - me recordó.
- No te preocupes, tampoco vamos a emborracharnos… Además, ¿qué policía multaría a dos preciosidades como nosotras?
- Pues alguna mujer policía…
Y reímos satisfechas y relajadas. Cuando trajeron los cafés y las copas me vino algo a la cabeza.
- Una cosa, Araceli… Tú me dijiste esta mañana que la mujer de don Fulgencio se llamaba Lucía…
- Sí, así se llamaba – respondió ella.
- Entonces… ¿por qué él luego la ha llamado por tres veces Encarna?...
- ¡Vaya, qué memoria tienes!... Pues a mí también me ha llamado la atención, pero he pensado que sería una equivocación… estaba un poco trastornado o algo así…
- ¿Tres veces?...
- Sí, un poco extraño… Encarna es el nombre de su primera mujer.
- ¿La arpía?...
- Bueno, eso ha dicho él, pero a mí no me lo parece, más bien es una mujer harta de las putadas de un marido algo crápula…
- ¿Don Fulgencio?... –pregunté incrédula.
- Sí, bonita, sí, el bueno de don Fulgencio no es muy de fiar… Ya te iré poniendo al día…
- ¡Quién lo iba a decir!...
- ¿Verdad?... – Y volvimos a reír, con la risa fácil que daban varios culines de sidra y dos copitas de licor.
En aquel preciso momento se abrió la puerta y vimos aparecer a don Andrés, con su aspecto bonachón, regordete, vestido con su inmaculada sotana quien, al vernos, se acercó a nuestra mesa con intención de saludarnos.
- Buenas tardes, señoritas. Ya veo que ha aprovechado –y entonces me di cuenta de su vocecita aguda y chillona, como de niña, y pensé con regocijo en sus predicas desde el púlpito… ¿o ya no se predica desde ese lugar elevado?... y a punto estuve de echarme a reír.
- Buenas tardes, don Andrés, ¿es Andrés, no? –respondió al quite Araceli.
- Sí, señorita, Andrés me pusieron mis padres para más gloria del Señor.
Y tuve que volverme para disimular, pero Araceli se percató y me dio un soberano puntapié por debajo de la mesa. Desde pequeña siempre que algo o alguien me soltaba la risa, no lo podía evitar y era bastante mala en disimularlo.
- ¿Y qué le trae por aquí con el calor que hace, padre? –siguió dándole coba Araceli.
El hombre nos regaló una beatífica sonrisa y levantó los ojos hacia el techo.
- El cafecito y el anisete de cada tarde… Son de los pocos caprichos que ya me puedo permitir.
- Eso está muy bien, hombre. De vez en cuando no está mal darle alguna alegría al cuerpo – y con la ironía de mi secretaria estuve a punto de estallar.
- ¿Y ustedes han comido bien? – indagó el hombre.
- Pues sí – afirmó Araceli con sinceridad, - la verdad es que hemos comido estupendamente.
- Me alegra oírlo – respondió el otro. - Bueno, ya no les molesto más. Ha sido un placer volverles a ver – y se dispuso a marcharse, pero yo le detuve.
- Padre, padre, disculpe, ¿le importaría tomarse el café y su copita con nosotras?, me gustaría que me informase de algo.
El cura sonrió agradecido y se sentó a nuestra mesa. Araceli me miró sorprendida.
- Usted dirá…
- Pues verá. Como le dije hace un rato, he alquilado la casita de la señora Concha – el hombre afirmó con la cabeza. – Y el caso es que anoche me contaron ciertas cosas bastante desagradables sobre ese lugar – el cura frunció el ceño y apretó los labios con disgusto. – Y yo quisiera saber qué hay de cierto en todo ello.
Don Andrés movió con parsimonia el azúcar de su café sin decir ni una palabra, meditando quizá lo que iba a decir, luego dio un pequeño sorbo y lo paladeó con placer.
- Verán, señoritas, estos son lugares duros donde la vida no es fácil para nadie y menos en tiempos como los que corremos. Historias oirán muchas y de todos los tipos, pero, y sigan mi consejo, mejor no saber demasiado de todo ello – volvió a saborear su café. – Lo que no me explico es quien le pudo contar nada, eso no lo suelen hacer las gentes de aquí.
-Pues, verá, padre, fue un hombre de unos cuarenta años, moreno, que me encontré saliendo ayer por la tarde saliendo de la iglesia y que se hizo pasar por usted.
- ¿Qué se hizo pasar por mí? – el tono de su voz alcanzó un agudo inverosímil. Terminó de un trago su infusión y le dio el primer tiento al anís. Su rostro reflejaba enfado. – Ese hombre no es ningún sacerdote.
- Ya me lo imagino…
- Y lo que hizo no estuvo bien y no debía hablar de más – me cortó seco y tajante. Volvió al licor y, tras pasarse la lengua por los labios, continuó. – Ese hombre es policía, inspector de policía…
- ¿Policía?... – Exclamamos las dos a la vez.
- Sí, policía, se llama Julián y está llevando una investigación por estos lugares… ¿Se hizo pasar por mí? – volvió a preguntar todavía incrédulo.
- Sí, padre, me dijo que se llamaba Andrés y que era el párroco de este concejo.
- Mal, muy mal… eso estuvo muy mal – y se incorporó visiblemente enojado. – Ahora me disculparán, señoritas, pero debo volver a mi casa.
- Lo siento si le he molestado – me excusé levantándome también. Entonces él me sonrió.
- No, no, no se disculpe, ha hecho muy bien en decírmelo… No se puede confiar tanto en la gente… ya soy mayorcito para haberlo aprendido, ¿no?... Pero usted no tiene la culpa de nada… - y se dispuso a marchar, pero se detuvo y se volvió hacia nosotras. – No sé lo que le contaría, pero me lo imagino…, no se preocupe, la mayor parte de lo que se dice son tonterías y, además, eso ocurrió en la otra casa, la grande, no en la que usted vive, creo que él se confundió. Buenas tardes – y se marchó con una afable sonrisa.
Araceli y yo nos miramos asombradas.
- Pero, ¿qué es lo que pasa aquí? – pregunté.
- No lo sé, pero ya me está empezando a preocupar – respondió ella.
De pronto sonó su móvil.
- ¡Huy, mira, Miguel!
Miguel es uno de nuestros abogados. Miré el reloj.
- ¡Leches, es que pasan de las cuatro!
- ¿Sí, Miguelito?, se nos ha … - y se calló en seco. Su cara se fue tensando hasta que un rictus de dolor se fue dibujando en su boca.
- ¿Qué pasa?... Me estás asustando…
- Vale, ahora vamos – dijo casi en un susurro. Y dejó el teléfono sobre la mesa y se puso a llorar.
- ¡Por Dios, Araceli! ¿Qué pasa?
Y me miró con sus bonitos ojos llenos de terror.
- ¡Han… han encontrado a don Fulgencio…
- ¿Qué quieres decir con que han encontrado a don Fulgencio? – una sensación de frío miedo recorrió mi espina dorsal.
- Se ha ahorcado en su garaje…


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