EL ARPA DORMIDA: María Mercedes Carranza: Sobran las palabras, por Ancrugon – Diciembre 2012



Caminaba mirando el cielo
y me fui de narices.
A hora echo sangre por todas partes:
las rodillas, el aire, los recuerdos:
mi falda se desgarró
y perdí los aretes, la razón.
¿No hay en el alma
una manera otra
de vivir un desamor?

Según dijo Daniel Samper Pizano, María Mercedes Carranza ejerció una de las pocas libertades que les iban quedando a los colombianos, que no era otra que “la de escoger morir antes de que tomen la decisión por uno”. Y eso fue lo que hizo esta mujer alegre y risueña el jueves 10 de junio de 2003, al ingerir una sobredosis de antidepresivos. ¿La causa?... pues es difícil saber cuál es la gota definitiva que desborda el vaso, porque ese secreto se lo llevó con ella, pero a María Mercedes no le agobiaba la vida, como lo demuestra en su carta de despedida dejada a su hija Melibea donde le hablaba de amor y juventud, sino la muerte y la injusticia que se le habían acumulado en las últimas fechas: “¡Ay, este país nos está matando!”, dijo cuando vio como iban desapareciendo sus mejores amigas, o cuando asesinaron a Luis Carlos Galán, el joven político liberal, Ministro de Educación con quien había estudiado Derecho en la Javeriana y colaborado en el periódico El Tiempo, o, y sobre todo,  cuando meses atrás fue secuestrado por las FARC su hermano Ramiro, un hombre bueno y con lo puesto… Junto a su cuerpo sin vida, su hija Melibea encontró también un libro de poemas de su abuelo, el poeta y diplomático Eduardo Carranza, abierto justo por el siguiente verso: “Todo cae, se esfuma, se despide, y yo mismo me estoy diciendo adiós.”
  
LA PATRIA

Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace varios siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.
A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.
Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina;
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.

María Mercedes Carranza nació en el mundo de la poesía y en el país de la violencia el año de 1945 y bastante cerca del cielo en la ciudad de Bogotá. Bajo la tutela de su padre, Eduardo Carranza, poeta y político, difícil conjunción, y el de su tía abuela materna, Elisa Mújica, poetisa de larga trayectoria, descubrió los otros senderos de la realidad: “La fábula de mi infancia está tejida con sus leyendas y cuentos; con ella descubrí el poder de la palabra” dijo refiriéndose a su tía y viviendo su infancia en una España donde la palabra, sobre todo si pretendía ser libre y verdadera, era peligrosa, pero en la que su progenitor desempeñaba el cargo de asesor cultural en la Embajada de Colombia. En estas tierras puente entre África y Europa vivió hasta los trece años respirando el aire viciado de la intelectualidad rancia con pretensiones vanguardistas de unos poetas que sólo encontraban la inspiración en el fondo de las botellas para después adorar al dios de la intolerancia, y así llegó, cuando tras su vuelta a los terrenos andinos, donde cursos sus estudios de educación media, regresó en busca de “eso” que muchos dicen buscar, sería a finales del 64, para convertirse en amante de dos de estos ídolos de la rima y desterrados de la luz, me refiero a Félix Grande y Juan Luis Panero, quien, éste último, en uno de esos alardes tabernarios propios del macho hispánico de educación nacional-cristiana dijo que “con ella he tenido una buena cama y un violento despertar.” Posteriormente viajó por la vieja Europa, en esa especie de viaje iniciático que tantos futuros intelectuales con medios realizan durante sus vidas en el que, tras visitar París, Florencia y Roma, llega a Londres donde conoce a Georges Simenon, tan corrupto como los anteriores, pero bastante más izquierdoso.

SOBRAN LAS PALABRAS

Por traidora decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene
a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirá
lentamente y con dolor;
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horca
por ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
Fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.
Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta
el final.

De regreso a su tierra, con sólo veinte añitos, además de dedicar tiempo a sus estudios universitarios, con bastante más pena que gloria, consiguiendo la titulación en Filosofía y Letras, curiosamente, con una tesis final sobre la obra de su padre, es nombrada directora de “Vanguardia”, el apartado literario del diario “El Siglo” de Bogotá, donde se dedicó a divulgar la obra de autores bastante representativos de las letras hispanoamericanas.  En 1970 se casa por lo civil con Fernando Garavito, algo que contravenía su firme educación católica y que rompía con las santísimas tradiciones de su familia y de su clase social. Conjuntamente con su esposo, quien, para más datos, era el subdirector del Instituto Colombiano de Cultura, dirigió la revista “Estravagario”, perteneciente al diario “El Pueblo” de la ciudad de Cali y, al poco tiempo, obtuvo el cargo de jefa de redacción de la revista “Nueva Frontera”, creada por el ex presidente liberal Carlos Lleras Restrepo, cargo que desempeñaría durante trece años.

EL SILENCIO

- parece verde
- es verde
- ¿es verde?
- sí, es verde
- verde
- ¿te gusta el verde?
- me gusta el verde
- ¿cualquier verde?
- no, el verde solamente
- ¿por qué el verde?
- porque es verde
- ¿y si no fuera verde?
- no, sólo me gusta el verde
- ¿sólo el verde entonces?
- sí, solo el verde
- es lindo el verde
- sí, el verde es lindo
- claro el verde
- sí, el verde.

En la década de los setenta comienza en serio su andadura creativa, aunque anteriormente ya había realizado algún pequeño y prometedor intento. Y no sólo como autora, pues en el año  1972 edita “Vainas y otros poemas”, sino como ensayista y recopiladora, sacando a la luz, ese mismo año, “Nueva poesía colombiana” y “Siete cuentistas jóvenes”. De 1983 data otro poemario cuyo título es bastante evocador de la realidad de nuestra autora, “Tengo miedo”. En 1986 se hace cargo de la dirección de la Casa de Poesía Silva de Bogotá y al año siguiente publica “Hola, soledad”. Poco a poco le va entrando el gusano de la “conciencia política”, pura paradoja, y consigue ser elegida como representante por el partido Alianza Democrática M-19 para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, sin embargo ello no le impidió seguir con su actividad poética y dos años después, como una confesión de sus temores, aparece “Maneras de desamor” y en 1997, como una versión de los acontecimientos que acaecían en aquellos tiempos, subtítulo que en sí lleva el poemario, “El canto de las moscas”.

BABEL Y USTED

Si las palabras no se arrugarán, si
fuera posible ponérselas cada mañana,
como una blusa o una falda, previo
uso del quitamanchas, el cepillo y la plancha.
Si no se pudieran pronunciar ya más
por lo brilladas y rodillonas.
Si, después de un largo viaje, se
botaran como la maleta, tan descosida,
tan llena de letreros y de mugre. Si no se
cansaran, si fuera normal y corriente
someterlas a chequeo médico cada año,
con diagnósticos y exámenes de laboratorio,
vitaminas y reconstituyentes y hasta
menjurjes para la anemia. Si las
palabras hicieran sindicato en defensa
de sus fueros más legítimos y reclamaran
indemnizaciones por abuso de confianza
a aquellos que las tratan como a violín
prestado. Si algún día hicieran huelga,
¿qué opina usted, García?

¿Cómo definir la poesía de María Mercedes Carranza?... Nunca es fácil desentrañar los sentidos que de cada palabra fluyen desde lo más íntimo de cada creador, sólo el propio poeta lo sabe, nosotros, pobreS humanos con los pies sobre la tierra de la cruda realidad, o de la fantasía creada para provecho de otros, simplemente podemos especular sobre tal o cual intención, sobre tal o cual significado, pero una cosa está clara, María Mercedes pertenecía a aquella generación desencantada que, poseyendo la miel, un día les supo amarga… aquella generación que descubrió la cruda realidad  y se les derrumbaron los castillos de hadas y las máscaras de ternura y comodidad para descubrir que el mundo era otra cosa. Sin embargo, a pesar de su desenlace final, María Mercedes tiene su propia visión de aquel momento, la visión de una mujer que sufre sobre sí misma y sobre los suyos el despropósito y el terror de una sociedad colombiana de la segunda mitad del siglo XX y de una sociedad occidental caduca y acomodaticia y que ella la describe con su tono satírico, incluso sarcástico.

PATAS ARRIBA CON LA VIDA

Sé que voy a morir porque no amo ya nada.
Manuel Machado
Moriré mortal,
es decir habiendo pasado
por este mundo
sin romperlo ni mancharlo.
No inventé ningún vicio,
pero gocé de todas las virtudes:
arrendé mi alma
a la hipocresía: he traficado
con las palabras,
con los gestos, con el silencio;
cedí a la mentira:
he esperado la esperanza,
he amado el amor,
y hasta algún día pronuncié
la palabra Patria;
acepté el engaño:
he sido madre, ciudadana,
hija de familia, amiga,
compañera, amante.
Creí en la verdad:
dos y dos son cuatro,
María Mercedes debe nacer,
crecer, reproducirse y morir
y en esas estoy.
Soy un dechado del siglo XX.
Y cuando el miedo llega
me voy a ver televisión
para dialogar con mis mentiras.

“Vainas y otros poemas”  es un poemario del desenfado, de lo pícaro, incluso de la falta de respeto, donde muchos de los críticos quieren ver relaciones con la vanguardia, con el nadaísmo y el nihilismo, pero donde, sobre todo,  lo que aparecer es la realidad, que siempre es mezcla de chiste y tragedia, de seriedad y burla, de lo sutil y lo descarnado… Sin embargo, ese desenfado propio de las edades juveniles, se va volviendo ironía, sátira amarga utilizada para atacar aquello que le duele, aquello que le desencanta, y ahí aparecen esos títulos como “Tengo miedo” u “Hola, soledad”… ¡Triste destino el del poeta que bebe de la realidad para hacerla sueño!, porque cuando sólo existe el desengaño, sólo se pueden crear pesadillas… Y así, como una síntesis de toda una historia, no sólo la de su país, sino la del ser humano mismo, nace “El canto de las moscas”, que ella, en un juego más de su sutil ironía, subtitula “Versión de los acontecimientos” y en una sucesión de poemas cortos, con pocas palabras basta, nos hace una geografía de la destrucción y la miseria humana donde cada poema es una herida.

EL CANTO DE LAS MOSCAS (Selección)

Canto 1- NECOCLI

Quizás
el próximo instante
de noche tarde o mañana
en Necoclí
se oirá nada más
el canto de las moscas.

Canto 2 - DABEIBA

El río es dulce aquí
en Dabeiba
y lleva rosas rojas
esparcidas en las aguas.
No son rosas,
es la sangre
que toma otros caminos.

Canto 4 - ENCIMADAS

Bajo la tierra de Encimadas
el terror fulgura aún
en los ojos florecidos
sobre la tierra de Encimadas.

Canto 6 - AMAIME

En Amaime
los sueños se cubren
de tierra como
si fueran podredumbre.

Canto 15 - ITUANGO

El viento
ríe en las mandíbulas
de los muertos.

En Ituango,
el cadáver de la risa.

Canto 18 - SOACHA

Un pájaro
negro husmea
las sobras de
la vida.

Puede ser Dios o
el asesino:
da lo mismo ya.


POEMA DE LOS HADOS

Soy hija de Benito Mussolini
y de alguna actriz de los años 40
que cantaba la “Giovinezza”.
Hiroshima encendió el cielo
el día de mi nacimiento y a mi cuna
llegaron, Hados implacables,
un hombre con muchas páginas acariciadas
donde yacían versos de amor y de muerte;
la voz furiosa de Pablo Neruda;
bajo su corona de ceniza, Wilde
bello y maldito,
habló del esplendor de la Vida
y de la seducción fatal de la Derrota;
alguien grito “muera la inteligencia”,
pero en ese mismo instante Albert Camus
decía palabras
que eran de acero y de luz;
la Pasión ardía en la frente de Mishima;
una desconocida sombra o máscara,
puso en mi corazón el Paraíso Perdido
y un verso;
“par delicatesse j’ai perdu ma vie”.
Caía la lluvia triste de Vallejo
se apagaba en el viento la llama de Porfirio;
en el aire el furor de las balas
que iban de Cúcuta a Leticia, se cruzaban
con los cañones de “Casablanca”
y las palabras de su canción melancólica:

“El tiempo pasa,
un beso no es más que un beso...”

Así me fue entregado el mundo.
Esas cosas de horror, música y alma
han cifrado mis días y mis sueños.


UNA ROSA PARA DYLAN THOMAS

“Murió tan extraña y trágicamente
como había vivido, preso de un caos
de palabras y pasiones sin freno... no
consiguió ser grande, pero fracasó
genialmente....”
D.T.
Se dice: “no quiero salvarme”
y sus palabras tienen la insolencia
del que decide que todo está perdido.
Como guiado por una certeza deslumbrante
camina sin eludir su abismo;
de nada le sirven ya los engaños
para sobrevivir una o dos mañana más:
conocer otro cuerpo entre las sábanas destendidas
y derretirse pálido sobre él
o reencontrarse con las palabras
y hacerlas decir para mentirse
o ser el otro por el tiempo que dura
la lucidez del alcohol en la sangre.
En la oscuridad apretada de su corazón
allí donde todo llega ya sin piel, voz, ni fecha
decide jugar a ser su propio héroe:
nada tocará sus pasiones y sus sueños;
no envejecerá entre cuatro paredes
dócil a las prohibiciones y a los ritos.
Ni el poder ni el dinero ni la gloria
merecen un instante de la inocencia que lo consume;
no cortará la cuerda que lleva atada al cuello.
Le bastó la dosis exacta de alcohol
para morir como mueren los grandes:
por un sueño que sólo ellos se atreven a soñar.


CANCIÓN DE DOMINGO

Es inútil escoger otro camino,
decidir entre esta palabra herida y el bostezo,
atravesar la puerta tras la cual te vas a perder
o seguir de largo como cualquier olvido.
Es inútil rociar raíces
que sean quimeras, árboles o cicatrices,
cambiar de papel y de escenario,
ser arco, cuerda, puta o sombra,
nombrar y no nombrar, decidirse por las estrellas.
Es inútil llevar prisa y adivinar
porque no hay tiempo para ver
o demorarse la vida entera
en conocer tu rostro en el espejo.
Los lirios, el cemento, esos ojos zarcos,
las nubes que pasan, el olor de un cuerpo,
la silla que recibe la luz oblicua de la tarde,
todo el aire que bebes, toda risa o domingo,
todo te lleva indiferente y fatal hacia tu muerte.



MALDICIÓN

Te perseguiré por los siglos de los siglos.
No dejaré piedra sin remover
Ni mis ojos horizonte sin mirar.

Dondequiera que mi voz hable
Llegará sin perdón a tu oído
Y mis pasos estarán siempre
Dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos,
Resucitarán los muertos y volverán a morir
Y allí donde tú estés:
Polvo, luna, nada, te he de encontrar


POEMA DEL DESAMOR

Ahora en la hora del desamor
Y sin la rosada levedad que da el deseo
Flotan sus pasos y sus gestos.

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,
Aquellas palabras que no fueron posibles,
Las preguntas que sólo zumbaron como moscas
Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.
Días perdidos en oficios de la imaginación,
Como las cartas mentales al amanecer
O el recuerdo preciso y casi cierto
De encuentros en duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre los sueños.

¡Qué sucia es la luz de esta hora,
Qué turbia la memoria de lo poco que queda
Y qué mezquino el inminente olvido!


BOGOTÁ, 1982

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto donde he de andar y desandar
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.

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